XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
22 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Explicar una cosa no significa estar de acuerdo con ella. Por eso se explica el cáncer en la Facultad de Medicina, o la blasfemia en Teología, o la apertura de cajas blindadas en las escuelas de policía. Y por eso considero una grave equivocación el seguir insistiendo en que la muerte de Ernest Lluch no tiene lógica ni explicación, en vez de buscar las malditas e infernales causas que la hacen eficaz. A Ernest Lluch lo mataron por tres motivos fundamentales. El primero, porque hay una banda asesina que le está echando un pulso al Estado, tratando de demostrar que ni la ley, ni la policía, ni las manifestaciones, ni los funerales, ni los jueces, ni los resignados y poéticos discursos de Mayor Oreja son capaces de ponerles coto. Y en ese sentido habrá que reconocer que hay un Estado herido, que sangra por sus ciudadanos, y que, por fas o por nefás, no consigue terminar con esta orgía de sangre. El segundo motivo por el que murió Ernest Lluch es porque era una presa fácil, que permite el crimen seguro, oportunista y cobarde. Y eso también obliga a replantearse la estrategia policial, desde un punto de vista estrictamente profesional. Que ETA tenga una estructura estable en Barcelona no puede ser la lógica conclusión de sus hechos, sino la anticipada información de unos servicios de inteligencia que hacen agua por muchas partes. Y que el Estado no pueda proteger a cien mil blancos de ETA es otro hecho, que implica la necesidad de buscar alternativas a unas escoltas simbólicas y muy parecidas a la carne de cañón. La tercera razón que llevó a Ernest Lluch a la muerte fue su popularidad, su carisma de ciudadano de bien, su aceptación general como intelectual, que lo hacen un objetivo altamente rentable para ocupar todas las páginas escritas, todos los minutos del sistema audiovisual, todas las manifestaciones de la calle y todos los discursos institucionales. Lo que una gran mayoría de españoles percibe como la culminación de la sinrazón, de la cobardía y del asco, también fue, para los asesinos, un día de gloria, oficiado por sus delirios en el pavoroso altar del infierno. Es bueno decir que el asesinato de Ernest Lluch es, como la muerte injusta del familiar o del amigo, doloroso e irreparable. Pero eso no le quita la lógica de un diablo calculador que quiere arrebatarnos el futuro. Y por eso estamos obligados a explicarla, buscando en sus células el antídoto que nos defienda.