HOMENAJES PERIODÍSTICOS

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

16 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Soma Morgenster (Pre-Textos acaba de editar sus memorias), el amigo judío de Joseph Roth (ambos eran de la Galitzia astrohúngara) que logró ponerse a salvo de los nazis, cuenta cómo el autor de La marcha Radetzky sentía aversión por los artistas pensadores y por los escritores intelectuales. A Adorno le tenía una inquina sin disimulo y de Musil decía no entenderlo del todo pues hablaba igual que escribía, «como una película muda sin subtítulos». De este último, Roth, por aquel entonces, sólo había leído su novela más clara y diáfana, El joven Torless, quedando pendientes aún los varios tomos de la más compleja y filosófica, El hombre sin atributos, cuya trilogía comenzaría a publicarse a partir del año 1930. Para él, Musil hablaba como austriaco pero pensaba como un alemán, casi igual que Benjamín o Bloch, «nada más que filósofos». Estos dos intelectuales tampoco contaban con su aprobación. Al autor de Fuga sin fin o La cripta de los capuchinos, no le interesaban las teorías de la novela, ni las técnicas de la escritura, ni los significados simbólicos de cuanto escribía él o los demás; era un creador intuitivo, un artesano, no un investigador o un profesor. Morgenstern lo calificaba cariñosamente de «naif». Roth bromeaba sobre la tortura mental que le produjo la simple lectura de apenas dos páginas de La teoría de la novela de Lukacs. De Kafka opinaba que era un escritor para escritores. Evidentemente era más culto de lo que aparentaba, a pesar de que evitaba toda conversación sobre literatura. Sus temas favoritos eran la monarquía y la religión (sobre el judaísmo o las dudas para su conversión al catolicismo). En los cafés vieneses, alemanes, o en el Aux Deux Magots parisino de St. Germain-des-Près (junto a la iglesia en donde se reunían los peregrinos que salían hacia Compostela), sólo se entusiasmaba con el alcohol. Sin este líquido inflamable no podía escribir una sola línea. Tampoco aguantaba estar encerrado trabajando mucho tiempo. Viajar, ir a cualquier parte lo prefería a quedarse quieto leyendo a los demás. Esta era otra forma de estar ebrio. Su viejo amigo y admirador, el también escritor judío austríaco Stefan Zweig, le ofreció costearle una cura de desintoxicación, pero Roth murió muy joven (1894-1939) en el hospital Necker de París, de una congestión pulmonar, poco antes de que apareciera La leyenda del Santo Bebedor. Está enterrado en el Cimetière Thiais en donde años después reposó Celan. Sólo tuvo una debilidad intelectual. Cuando trabajaba como periodista en el Frankfurter Zeitung, la dirección quiso homenajear a uno de sus más populares redactores con motivo de su jubilación, reuniendo en un libro los artículos que había publicado. Roth, obligado por la camaradería, hizo una memorable alabanza del mismo sin habérselo leído.