PARQUE JURÓMICO

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

11 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Como en cualquier congreso de partido que se precie, también en el de Convergència venía todo decidido: la elección de Artur Mas como secretario general, el apoyo masivo de las bases al nuevo dirigente _investido como candidato, in pectore, a la Presidencia de la Generalitat de Cataluña_ y el relanzamiento de un mensaje nacionalista genuino, con el que poder ir taponando en el período que falta hasta las próximas elecciones autonómicas las grietas derivadas de las prácticas pactistas de Pujol, que habiéndole dado, a él y a su partido, tan buenos resultados, habrían, según sus críticos, terminado por colocar al president al pie de los caballos que montan Maragall y compañía. Las encuestas han venido, sin embargo, a aguar la fiesta a los estrategas convergentes y al padre de toda la estrategia, el president, que se han encontrado con que los ciudadanos, llamados en última instancia a confirmarla o mandarla a hacer puñetas, no parecen dispuestos a tragar: según un sondeo que ayer publicaba La Vanguardia, los electores que prefieren a Duran como sustituto de Pujol superan a los que prefieren a Artur Mas (el 35%, frente al 32%); y, según otro, que hacía público el otro gran rotativo catalán, El Periódico, Maragall barrería electoralmente, en todo caso, a cualquiera de los dos en unas eventuales autonómicas: mientras que empataría con Pujol, ganaría por 23 puntos a Duran y por 32 ¡nada más ni nada menos! al delfín del president. Así las cosas, y aunque cabe, claro está, que el nuevo secretario general consiga ir poco a poco torciéndoles el brazo a esas desastrosas previsiones, podría igualmente suceder que Pujol apareciese, en su momento, como la única tabla de salvación de una coalición nacionalista que, con él, ha conseguido mantenerse en el poder durante más de veinte años. No sería, por supuesto, el primer caso. Ni tampoco será el último. De hecho y como en esta columna he apuntado ya en varias ocasiones, las especialísimas condiciones de ejercicio del poder en los territorios autonómicos facilitan de modo extraordinario que quienes allí alcanzan el poder se instalen en él por mucho tiempo. El caso de Pujol vendría así a añadirse al de o noso presidente duracel _que dura, y dura, y dura_, o al de Rodríguez Ibarra, o al de Chaves, para hacer del Estado de las autonomías una especie de parque jurásico en que perviven los más antiguos especímenes de la política española.