OFERTA Y DEMANDA UNIVERSITARIA Roberto L. Blanco Valdés, catedrático de Derecho Constitucional
06 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.¿Se acuerdan de la feria? Los alcaldes de las grandes ciudades de Galicia, y aun alguno más de las medianas, y los presidentes de las Diputaciones provinciales pujando como se puja en San Benito por los capones del patrón. ¡Yo me pido Periodismo! ¡Guardadme Relaciones Laborales! ¡Esa Ingeniería para mí! ¡Me faltan dos Filologías! ¡Derecho a la una, a las dos y a las tres: adjudicada! ¿Qué nadie quiere Economía? ¡Me la quedo, me la quedo! Según cuentan testigos presenciales, así comenzó a confeccionarse nuestro mapa actual de titulaciones superiores: respondiendo a las presiones de los políticos de turno, cuya obsesión por ofrecer a sus votantes una facultad o escuela más, sólo resultaba comparable a su convencimiento de que todos peleaban contra todos por el botín de una batalla. No fueron esas, obviamente, las únicas presiones: a ellas se unieron las de los profesionales de la cosa, que vieron como con la multiplicación de los planes y los pleces, las plazas crecerían tal que hongos, lo que aumentaría las expectativas que muchos albergaban todavía de convertirse en profesores cuatro calles más abajo de su casa. El resultado de tan fastuoso despropósito era resumido hace dos días por un titular de este periódico («La baja demanda de algunas titulaciones obliga a plantear una reforma educativa»), titular bajo el cual se contenía una información que, verdaderamente, no tiene desperdicio: que en las titulaciones con límite de plazas, la diferencia entre la oferta y la demanda ha sido ya este curso intolerable. Vean, si no, cuatro o cinco ejemplos: en el conjunto de las filologías, se cubren 344 de las 725 plazas ofertadas; en Derecho de Ourense, 123 de las 300; en Físicas de Santiago, 93 de las 210; en Ingeniería de Minas de Vigo, 69 de las 150; en las titulaciones agrarias de Lugo, 386 de las 725. Y todo, claro está, sobre la base de un sistema de financiación de las universidades en el que el precio de matrícula no cubre ni de lejos el coste real de un puesto escolar que se paga con los impuestos de todos los contribuyentes españoles: de los que mandan a sus hijos a la Universidad y de los que todavía no pueden plantearse ese objetivo. Si a ello se añade, por último, que la curva demográfica aún no ha llegado a tocar suelo, se percibe la dimensión bíblica de aquel pecado original. Y es que lo que al principio fue el caos ha acabado siendo, al fin, el despiporre.