XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
01 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Ni «La Coruña», como decía la tradicional burguesía herculina, ni «A Coruña», como quiere la horda campesina e izquierdosa que, repleta de profesionales formados en las igualitarias Universidades del último franquismo, tomó pacíficamente la ciudad. El futuro será «The Coruña», como corresponde a una urbe moderna y con tranvía, gobernada por un caballero de la Orden del Imperio Británico. De esta manera podríamos dar por terminado el curioso e interesante proceso de identificación simbiótica entre A Coruña y Francisco Vázquez, cuyo objetivo podría ser el establecimiento de una profunda diferencia entre el norte gallego, dominado por una cultura urbana moderna y cosmopolita, y el resto de la región noroeste, que se estructura alrededor del ruralismo clerical compostelano y de la caótica aglomeración industrial de Vigo. Quizá por eso A Coruña tiene una histórica tendencia a encarnarse en la abigarrada y contradictoria nómina de hijos, vecinos y enemigos que la representan, como si Drake, María Pita, Moore, Fernández Latorre, Curros Enríquez, Casares Quiroga, Madariaga, Fernández Flórez y Francisco Vázquez fuesen la punta de un iceberg que emerge, como un milagro, en un océano de tradición y ruralismo. Frente a esa situación, la aglomeración viguesa sería el paraíso de los anónimos. Su héroe, apodado Cachamuiña, se pierde en las callejas del Berbés; y su potente estructura industrial representa a la perfección el crecimiento sin `pedigree` del desarrollismo franquista, la inexorable modernización de las economías tradicionales, y la aparición de los nuevos ricos forjados a la sombra de la Unión Europea. A Coruña de hoy no se explica sin este alcalde que, más allá de su reconocida gestión, fue capaz de construir ese imaginario colectivo que incluye el tuteo a la política del Estado, la sensación de modernidad y progreso, la díscola relación con el galleguismo orgánico del PSOE, los puentes directos con Fraga y el reconocimiento de su Majestad británica. También las encuestas dicen que A Coruña es el ideal urbano de todos los gallegos. Pero creo que Francisco Vázquez se equivoca si olvida dos cosas importantes: que nunca podrá arrastrar su iceberg fuera de Galicia; y que, el día que la historia lo examine, no se le van a pedir cuentas por el capital que guardó, sino, como en la parábola evangélica, por el rendimiento neto de los talentos que recibió.