LOIS BLANCO LÍNEAS SECUNDARIAS
25 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Tal cual los personajes capaces de perdurar en aquellas esperadas entregas anuales de Dallas o Falcon Crest, los disidentes en política deben reunir fama y poder. La fama viene sola. Un político disidente es un filón; un ejemplo es Francisco Vázquez. En las dos últimas semanas, el alcalde de A Coruña (La Coruña, que diría él) se ha convertido en una especie de oráculo mediático para radios y emisoras de televisión de ámbito estatal, que la última vez que habían enfilado sus micrófonos hacia el noroeste peninsular fue cuando se derrumbó el basurero de Bens. La fama, pues, acompaña a la disidencia, ¿pero qué pasa con el poder? Bastan un par de capítulos de desavenencias para que un político disidente con mucha popularidad se quede reducido a un personaje secundario si carece de poder; prescindible en la próxima entrega. Vázquez con su mayoría absoluta en la ciudad que gobierna desde los ochenta tiene ese poder; a Zaplana con la suya en la Comunidad Valenciana no le falta; los votos, aunque no los escaños, por los que le ganó Maragall a Jordi Pujol en el último envite lo convierten en un hombre poderoso ante un aparato del PSOE desalojado de La Moncloa y embriagado por un viaje iniciático hacia el socialismo libertario. Los disidentes con fama pero sin el poder que conceden miles de votos a sus espaldas no tardan en convertirse en individuos casi patéticos como aquel llamado García Damborenea. Mientras Vázquez pueda sentarse en Maria Pita y pensar que Pérez Touriño ha de conformarse con un escaño en el poleiro del Pazo do Hórreo, marcará los tiempos de su disidencia. Mientras Zaplana sueñe con el cetro de La Moncloa y a Aznar se le dilaten las pupilas al verlo, el valenciano hasta podrá ejercer de sacerdote civil para sellar una pareja de hecho. La otra cara de la moneda, la del disidente sin poder, puede esculpirse con los rasgos de muchos políticos cuyos nombres ya están en el olvido.