ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
20 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.La democracia es la única forma de gobierno en que corren por separado la moral y la política. La única en que en público se confrontan intereses discutibles. La única, en fin, en que es posible estar a favor, o estar en contra, sin que tal decisión sea moralmente superior, o inferior, a las demás. Y es que la democracia encierra en sí una carga moral tan potentísima que libera a la política de la necesidad de justificar moralmente la legitimidad de sus opciones: todas lo son, si se respetan sus reglas y valores. Así, por ejemplo, en condiciones democráticas normales, las estrategias de partido que compiten en Euskadi no serían más que la legítima expresión de intereses y proyectos. Pongamos por caso la manifestación que hoy se celebra, pero haciendo el ejercicio de olvidarnos de su hipotético objetivo. El PNV la convoca con la finalidad de fortalecerse en el poder y alejar las elecciones: es su estrategia. El PSE asiste a la misma con la intención de marcar distancias del PP: es su estrategia. Y el PP no comparece para afirmar su radical oposición al PNV: es su estrategia. Si en Euskadi se viviera en condiciones democráticas normales, el juicio sobre la respectiva legitimidad de esas estrategias dependería sólo de la posición de cada cual: sería, en consecuencia, un juicio de intereses (de política) y no un juicio de valores (de moral). Que tales condiciones no se dan lo prueba de forma incontestable el proclamado objetivo de la manifestación de hoy en Bilbao: exigir que deje de matar a una banda terrorista que ha asesinado a casi 800 ciudadanos. Por eso en Euskadi es actualmente imposible separar la moral y la política: la mayor parte de las decisiones que el nacionalisnmo nos presenta como dependientes sólo de la última tienen, sin embargo, en realidad, una carga moral indiscutible. ¿Cómo podría ser de otra manera si los vascos se juegan vida y libertad? El PNV, el PP y el PSE tienen intereses de partido. Y es normal. Pero hoy tienen, ¡tienen que tener!, un interés que ha de estar por encima de todos los intereses de partido: el de acabar con ETA de una vez. Esa es la razón por la que ningún demócrata podría comprender que la pugna entre el PP y el PSE les llevase ahora a aflojar su presión sobre quien, el PNV, por fin, y gracias a ella, parece haber comenzado a abandonar una estrategia de partido que era política... y (in)moral.