EL «AMUR» SE LLAMABA «SIL»

La Voz

OPINIÓN

FÉLIX SORIA

15 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

El Arbisa I se llamaba Camouco y el Amur _el que se hundió la semana pasada en el Índico con un saldo de al menos 14 marineros muertos o desaparecidos_ se llamaba Sil. En enero de este año, el todavía Sil atracó en el puerto de Montevideo, donde fue rebautizado Amur y cambió de pabellón. El de Belize por el de Uruguay. Todo legal. Luego el Amur navegó hasta Punta Arenas (Chile), donde las autoridades locales descubrieron varias irregularidades. ¿Cuáles? Entre otras, que dos de los tripulantes contratados eran pescadores artesanales que carecían de licencia para enrolarse. El pasado martes, al día siguiente del naufragio, el representante en Ciudad del Cabo de la empresa propietaria del Amur, la española Austral Management, despidió a dieciséis marineros del Jarbi, otro palangrero que faena habitualmente en el Índico «con todo legal», aseveran. ¿Cómo se llamaba antes el Jarbi? Austral Management es una empresa de la economía globalizada... La ironía ayuda a superar las indigestiones. Los barcos de Austral Management pescan en medio mundo, trasbordan sus capturas a mercantes, que a su vez descargan en puertos asiáticos, suramericanos y africanos, desde donde el producto se vende en el otro medio mundo _el de la pulcra Unión Europea_, donde se puede comprar a buen precio merluza negra o bacalao austral, las especies que pescaba ilegalmente el Amur/Sil, que en puridad era un centro de trabajo que cambiaba de nombre y de bandera legalmente, hasta que se hundió dejando una colección de interrogantes abiertos. Hay legalidades que huelen a muerto y a desaparecido. Son las legalidades vergonzantes, las que premian la codicia, las que dejan la puerta abierta a la ilegalidad y al abuso, las que sirve de banderín de enganche para quienes necesitan ganar un salario donde sea y como sea. ¿Qué deben hacer, por ejemplo, los marineros que hasta hace once meses trabajaban en el caladero marroquí? Que esperen y confíen, dicen Fischler, Arias y Landín. Ojalá nadie caiga en la tentación de simplificar, ni en la vergüenza de justificarse, ni en la ignominia de olvidar.