VENTURA PÉREZ MARIÑO
12 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Cualquier medida favorable a la persecución y represión de autores de crímines horrendos y en particular de violencia doméstica es en principio bien recibida por todos, y de forma especial por las mujeres. En ese sentido la propuesta del presidente castellano-manchego José Bono, de recoger en listas públicas los nombres de los autores de malos tratos, es bien valorada. Pero no podemos contentarnos con ese acercamiento superficial. Es cierto que cada día son más numerosos y notorios los casos de mujeres maltratadas y aún muertas a manos de hombres, y de ahí la alarma e impotencia de la sociedad, incapaz de poner coto a esa forma de tortura. Y ante esa incapacidad surgen, con tonos más o menos demagógicos, todo tipo de remedios: desde exposición pública a manos populares, (lapidación como se hacía con la mujer adúltera), o exhibición atemorizadora como el antaño ajusticiamiento en el rollo o en la plaza mayor, o la más moderna divulgación en el escenario mediático (la inquisición imponía la infamia del sambenito). La respuesta de una sociedad civilizada no puede ser esa. En primer lugar debe prevenir y atajar las causas. Después establecer medidas de represión proporcionadas. Y por último evitar, si cabe, los efectos malévolos de las penas. Educar en igualdad es el mejor antídoto contra la opresión de sexos o de raza o de fuertes sobre débiles. Y esa educación es aún neófita en nuestro país. Acabamos de aterrizar en la igualdad con jugadores educados en la superioridad y por ello en la dependencia de un género sobre todo. Al tiempo el legislador debe establecer unas penas adecuadas a los hechos, que se cumplan escrupulosamente, pero con una finalidad que además de reparar ha de permitir la rehabilitación y la reinserción social. El publicar una lista de malvados es un escarnio no previsto en la pena. La publicidad del proceso es una garantía para los justiciables, y no un vehículo para convertirse en una venganza de la sociedad. Esta no puede permitirse ese fácil lujo de anatematizar a los ya condenados. Ni ellos ni sus familias deben cargar de por vida con ese sambenito, como en su día sesudos varones imponían a los expósitos. Por eso no tenía razón Eymerich (inquisidor general de Aragón) cuando señalaba que todo lo que se haga por convertir a los herejes es gracia. * Sambenito: Corrupción de las palabras saco bendito, era un traje penitencial usado por la Inquisición medieval y adoptado por la española.