LUIS PAZ
02 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Si la política es el arte de lo posible, el político es un equilibrista de lo improbable. Un candidato ideal debería conjugar la ilusión contagiosa que caracteriza a los recién llegados y la experiencia que sólo proporcionan los años. Pero el fiel de esta balanza resulta sumamente inestable: al final pasamos de los cándidos desconocidos que no saben ligar dos argumentos a los profesionales acartonados en un rictus de permanente trascendencia. Del anónimo más vulgar al insustituible salvapatrias. El anuncio de la posible retirada de Xosé Manuel Beiras ha vuelto a plantear la cuestión de si cabe poner fecha de caducidad a los políticos. Una pregunta difícil, ya que aún no hemos llegado a un acuerdo acerca de la limitación en el número de mandatos. Pero sería bueno abandonar esa ficción de que el político, por el hecho de serlo, posee un caudal inagotable de ideas y una capacidad de renovación desconocida para el resto de los mortales. ¡Si hasta los grandes genios han llegado a las enciclopedias gracias a uno o dos hallazgos repetidos luego como simple fórmula! De primar la sensatez, un político tendría el mismo valor que sus ideas; y éstas sólo se medirían en el campo de juego de las urnas. Pero la política se ha convertido en una actividad profesional más, y los dirigentes del partido en directivos con contratos blindados ante cualquier contingencia electoral. Como el rey moribundo de la obra de Ionesco, el mando se aferra a su cargo pase lo que pase alrededor. Acierto ajeno Beiras dice que a lo mejor se marcha. No por un fracaso propio, claro, sino por un acierto ajeno. Contagiados por el sistema americano, en este país nadie se reconoce perdedor. El político siempre tiene razón, pero la sociedad, pobre, no lo entiende. La talla de un líder se mide por su capacidad para ilusionar y para impulsar proyectos a partir de una atenta observación de los agentes sociales. Pero en el día a día, la política se come a muchos que iban para estadistas. Y mientras ellos permanecen en sus escaños, el país ha cambiado de sitio. Sin embargo, aquí no se marcha nadie. O mejor, se marchan sólo los que nunca llegaron (Borrell, Almunia, Hernández Mancha). El resto se mantiene, así en el fracaso como en la victoria, porque la consigna clave del político español medio es ni renovarse ni morir (metafóricamente hablando, claro).