FERNANDO CASQUEIRO BARREIRO
22 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Y en España las cosas iban bien, y los promotores de suelo se forraban, el precio de la vivienda estaba por las nubes y los jóvenes y los sin fama se jorobaban. Haber sido ricos. Y llegó un ministro y dijo que por decreto, todo el suelo rústico era, ya, urbanizable. Porque sí. Que en un valle rural situado a 20 kilómetros de la ciudad podría hacerse otra ciudad, pequeñita, sólo para 500 o 1.000 vecinos (eso es lo que quiere decir urbanizable). Y hubo que construir 20 kilómetros de nuevas carreteras, y 20 kilómetros de nuevos alcantarillados, y 20 kilómetros de nuevas traídas de agua y de redes telefónicas y de redes de gas. Y nuevos colegios, y nuevos centros de salud, y nuevas oficinas, y nuevas líneas de autobuses. Y nuevas iglesias y nuevos campos de deportes. Y nuevos monumentos. Y como sólo eran 500 o 1.000 vecinos y no tenían suficiente dinero para pagar, la nueva ciudad era sólo un barrio aislado, sin colegios y sin centros de salud. Y sin memoria. Todo porque sí. Por decreto. Porque la iniciativa privada decidió que era en aquel concreto lugar donde quería hacer una ciudad. Porque aquel ministro decidió recaudar menos impuestos, y no comprar más suelo en la verdadera ciudad donde todos querían vivir, y no gastar tiempo y dinero en anticiparse al futuro para proteger a los que, de verdad, lo necesitaban. Las ciudades no se hacen por decreto. Son una de las formas más sofisticadas en las que se expresa lo mejor de la inteligencia humana. Por su naturaleza, por su enorme complejidad, las ciudades son, también, un mecanismo muy frágil, tardan tiempo en arraigar y es aún más lento el correcto y bondadoso despliegue de su forma. La falta de proyecto común, el considerar que el espacio de todos es el resultado de la agresión casual de los espacios de cada uno, que está detrás de la fábula del real decreto, está en el origen de casi todos los males que sufren nuestras ciudades. Todos los resortes de la fuerza individual y social tienen que desencadenarse y mantenerse atentos durante generaciones para alumbrar una ciudad hermosa. A las ciudades les hacen falta los individuos, la energía y el vigor visionario de muchos de sus ciudadanos; pero también la inteligencia colectiva para definir qué es lo que entre todos queremos para el espacio de todos. La falta de rigor, el abandonarse a la iniciativa privada como a un tótem mágico que habrá de resolver por sí mismo la generación de un lugar para vivir con dignidad y en libertad los individuos y las sociedades, es una muestra o de ignorancia o dejación de una responsabilidad primera.