XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
06 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Frente al espejismo de modernidad que aventan los discursos del poder, tengo la inquietante sensación de que Galicia no hace otra cosa que aguantar el tirón desarrollista de Europa mientras intenta asimilar la avalancha de carisma que, desde hace diez años, embarga sus movimientos políticos. Y esa es, precisamente, la paradoja de Fraga: que, habiendo acumulado una enorme autoridad, y disfrutando de una oportunidad que nadie tuvo, se avino a hipotecar el futuro del país a las necesidades de su proyecto personal, dando por bueno que aquí nunca pasa nada. Claro que en la última década del milenio han cambiado algunas cosas. Pero no deja de ser curioso que todas ellas estén vinculadas a competencias de Madrid o de Bruselas _infraestructuras, políticas de reconversión y procesos de modernización productiva_ mientras empieza a deteriorarse el conjunto de servicios que, como la sanidad o la educación, dependen de nuestra gestión e iniciativa. ¿Qué hemos hecho nosotros que no tengan los demás? ¿Qué objetivo nos hemos marcado que no dependa de Álvarez Cascos? ¿Qué plan tiene Fraga que no siga la estela de las benditas y coyunturales inversiones del FEDER? ¿Por qué seguimos situados al final de todas las estadísticas mientran llueven millones de euros sobre el país? ¿Cómo es posible que sigamos hablando de problemas como los incendios, la cuota láctea o el modelo universitario? La paradoja gallega es que, gracias a su inmenso poder, la figura de Fraga está levitando sobre la realidad de un país debilitado y carente de proyecto, cada vez más enganchado a modelos y recursos externos, y cada vez menos capaz para afrontar iniciativas basadas en su poder y sus recursos autónomos. Por eso es impensable un adelanto de las elecciones autonómicas del 2001: porque también eso forma parte del proceso político definido por la victoria de José María Aznar; y porque nadie quiere plantearse nuestro futuro al margen del asumido principio de que «España va bien». Hoy por hoy, las elecciones gallegas no son más que un apunte colateral de la agenda política madrileña. Y por eso se cuidarán de adelantarlas. No vaya a ser que bajemos del limbo y empecemos a hablar de política, de sucesión, de clientelismo, de gasto corriente, de burocracia, de alarmas estadísticas y de otras cosas que nos competen. ¡Sería un terrible desastre!