VENTURA PÉREZ MARIÑO
01 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.La situación que se produce a diario en el País Vasco en los últimos tiempos conlleva una serie de actitudes a las que nos hemos ido acostumbrando, pero que aisladas repugnan el sentido común más elemental. Así, se nos viene mostrando la violencia callejera (kale borroka) como si se tratase de una suerte de tradición rutinaria que conlleva destrozos en mobiliario urbano, establecimientos, quema de autobuses..., sin que se acierte a comprender esa pseudopermisibilidad que permite la impunidad. Se contemplan homenajes cargados de ritos a presuntos terrorritas que transportan bombas en los que los organizadores toman los pueblos, instalan pebeteros en su honor y ponen límites a los tiempos de los informadores que asisten a sus actos. Se justifica el débil carácter de alcaldes coaccionados sin preguntarles quién o quiénes son esos sietemachos presionantes. A todo nos hemos ido acostumbrando: a jurados que absuelven al asesino de dos ertzainas; a miles que votan la violencia de los asesinos; a ver que hay muertos diversos, de los nuestros y de los de ellos; a aceptar que las cosas son así y que los éxitos policiales tardarán en llegar; a un lehendakari zombi y pusilánime; a Arzalluz; al dramatismo de las familias sufrientes vulgarizado por su repetición. Pero a las imágenes que vimos estos días atrás en las televisiones no estábamos acostumbrados. Una mujer suplicaba a Joseba (joven patriota) que no matasen a su marido, le pedía piedad o tal vez perdón; le intentaba explicar que no podían hacer eso, que quería vivir con su marido y no que éste tuviera que huir. Una plaga termítica Lo habitual es pedir protección policial ante una plaga termítica inexpugnable, pero lo que nunca pensé o pensamos es que a ese ejército destructor le comprendiésemos y aceptásemos en una especie de síndrome de Estocolmo generalizado. Hemos bajado la guardia y recurrido a ellos. Por favor Joseba, no mateis al marido de esa señora ni al padre de esa niña aún en proyecto, ni al de mañana. Dejadnos vivir, prometemos que como se oía que pedía Joseba en las televisiones, no simplificaremos la cuestión vasca; ya sabemos que vosotros también sufrís mucho. Estamos en un mal momento, la continuidad del terrorismo nos ha hecho aceptarlo y eso no puede ser. Si lo que hacen los Josebas no es apología del terrorismo habrá que redefinir la norma penal. Si no hay fuerza pública suficiente, o ésta no cumple sus funciones para mantener el orden en los pueblos o evitar que se quemen autobuses, habrá que aumentarla o sustituirla. A los autores habrá que detenerlos y juzgarlos y no sólo verlos por televisión.