ÁMBITO LEONÉS DE DECISIÓN

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

26 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Portentosa, la capacidad iluminadora de la anécdota; de lo pequeño, para evidenciar la trascendencia de lo grande; de lo sencillo para denunciar la truculencia de lo que se pretende complicado. ¿Qué mejor demostración de la barbarie de Vietnam que aquella foto alucinante de una niña de ocho años, Phan Thi Kim Phuc, corriendo despavorida con la piel de su cuerpo desnudiño hecha jirones por el napalm? ¿Cómo mostrar más a las claras la barbarie del fascismo cotidiano que se ha adueñado del País Vasco que con esas nauseabundas llamadas telefónicas en las que se dice ¡jódete! a los familiares de las víctimas de ETA? ¿Quién podría imaginar un suceso más desvelador de la disparatada chifladura en la que hoy viven quienes quieren imponer, con la inestimable ayuda de la autoridad competente, por supuesto militar, una Euskalerria que sólo existe en sus delirios patrióticos, que el que anteayer publicaba este periódico? ¿Que no se han fijado? ¡No puede ser! Vean, sino, y juzguen por sí mismos. Las autoridades locales del municipio leonés de Vega de Valcarce quieren que Galicia le abra sus fronteras, pues desean abandonar a quien _dicen ellos_ los maltrata: «Estamos olvidadiños», afirma la alcaldesa, que aporta como pruebas irrefutables de abandono la pérdida del médico, del veterinario y del ¡cuartel de la Guardia Civil! Aunque bierzanos, y por tanto, también medio gallegos por lengua y por historia, los vecinos de Vega de Valcarce no reivindican un irredentismo progalaico derivado de motivos culturales o geográficos. Nada de identidades colectivas, de países subyugados, o de construcción de antiguas naciones destruidas por la homogeneización arrasadora de la España liberal decimonónica. ¡Quia! Los de Vega de Valcarce no reivindican más nación que la que les garantice médico, veterinario y cuartelillo. Gente pacífica y normal, los de Vega de Valcarce quieren lo que queremos todos aquellos que pensamos que las patrias _grandes o pequeñas_ no merecen más respeto que el que son capaces de ganarse. Bastante tiene uno con aceptar _para bien o para mal_ la familia en la que cae, como para tener encima que aguantar la patria _grande o chica_ en la que nace, como si ello fuera una desgracia de la que uno no puede redimirse. Pues no hay más patria que la que es capaz de asegurar prosperidad, libertad y seguridad, es decir, lo que hemos dado en llamar la felicidad del ser humano.