JUAN C. MARTÍNEZ MEDIO FERRADO
25 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.La falsedad es una de las maldiciones primitivas, que consiste en colocarte porquerías bajo el buen nombre y el valor reconocido de lo auténtico. Ya lo decía la copla: «Eu caseime na montaña, na terra de moito pan, e o forno da miña sogra cría silvas no verán». La falsedad es común. Hay casas de comidas con opciones para el récord Guinness: las almejas son chirlas, la merluza es palo; el salpicón, surimi con cebolla; los pimientos de Padrón, murcianos; la ternera gallega, vaca apátrida; el flan de la casa, clónico de la industria y el ribeiro, alquimia del siglo XXI. Ni siquiera la camarera es camarera: es una arpía griega. Pero la estafa no se limita al duro y humilde oficio de la hostelería. Alcanza la política energética. Bajo la marca del rico crudo árabe o texano, las gasolineras te meten impuestos del país por un tubo, que pagas a precio de importación. Falsedad perfecta; luego dicen que la culpa de que suba la inflación la tienen los morenos de la OPEP.