TINO NOVOA
15 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Euskadi tiene un grave problema que se retroalimenta con el de la violencia etarra. Se trata de la división de la población en dos comunidades con proyectos histórico-políticos diferenciados y, aún peor, cada vez más enfrentadas e incomunicadas. Esta es la peculiaridad de la denominada cuestión vasca, irresoluble si se intenta aislar alguno de los dos males. La expresión etarra del conflicto es fundamentalmente delictiva. Pero su sentido profundo es político. Y en esto tiene razón el PNV. Pero ocurre que actúa como el bombero pirómano, por su responsabilidad en la génesis, pervivencia y virulencia del problema. Es obligación de un partido democrático identificar problemas, articular soluciones y movilizar a la sociedad en su aplicación. Ninguna las ha cumplido el PNV, que, operando como un movimiento, ha alimentando el mito del pueblo único e irredento para asegurar su hegemonía. Y con ello ha nutrido a etarras y batasunos, sus hijos descarriados. Con los que ahora pugna por hacerse con el dominio del sector nacionalista. Una estrategia plausible para intentar socavar el apoyo social de ETA, pero de dudosa oportunidad en la actual coyuntura de radicalización social y política en Euskadi. El PNV optó en los 80 por promover un clientelismo disgregador y desaprovechó así una oportunidad histórica de pilotar la transición para vertebrar Euskadi. Ahora, cuando el PP ha sustituido al PSOE como portavoz del otro País Vasco con un discurso simétrico, por su exclusivismo, al de Arzalluz, el enfrentamiento corre el riesgo de enquistarse en el tejido social. Lástima que no tuviera un Bandrés o un Onaindía en su dirección.