X. ÁLVAREZ CORBACHO
31 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Aumenta la frecuencia de los lamentos por el deterioro demográfico gallego. Se mencionan los bajos índices de natalidad y fecundidad, al envejecimiento de la población, las tasas de dependencia, la inversión de la pirámide, las cifras negativas del crecimiento vegetativo, las deprimentes proyecciones que otean un futuro preñado de incertidumbres. Y cunde el desánimo. Y la preocupación. Y la desorientación. ¿Qué hacer? ¿Qué porvenir tiene Galicia? ¿Son los emigrantes la solución? Entonces proliferan las noticias, los comentarios, los análisis y las investigaciones académicas. Se ofrecen cifras, pirámides, indicadores demográficos. Afloran los factores que intentan dar una explicación, aunque no suelen establecer jerarquías. El desempleo, los procesos de urbanización, los efectos de la emigración pasada, la inserción de la mujer en el mercado laboral, la escasez de ayudas y servicios públicos, la extensión de los métodos anticonceptivos, la planificación familiar, la secularización de la vida social. El revoltijo es enorme y las ideas no se clarifican. Pero sin diagnóstico correcto las políticas naufragan. ¿Tienen sentido los incentivos fiscales para favorecer la natalidad? Y si los tienen, ¿cuál debe ser su magnitud para hacerlos efectivos? ¿Cuántas guarderías hay que construir? ¿No sorprenden las proclamas desesperadas de los gobernantes para que las familias tengan más hijos? Imaginemos por un momento que la baja fecundidad de la mujer gallega (y española) expresa, básicamente, el coste de su libertad. El precio a pagar por su independencia económica, por desarrollar con autonomía su proyecto vital, por desembarazarse de las múltiples cadenas que las relaciones sociales y culturales todavía la atenazan y esterilizan. Imaginemos también que el acceso de la mujer a la educación produce efectos que no soporta la familia tradicional. Que su conciencia de las relaciones de poder es creciente y reivindicativa. Que su discriminación en el mercado laboral continúa siendo tan real como intolerable. Si ese fuera el caso, la dimensión del fenómeno sería profunda, compleja, prolongada en el tiempo. Probablemente las políticas fiscales asociadas a la natalidad carecerían de sentido y tampoco resultaría difícil calificar las proclamas de los gobernantes a tener más hijos.