CARLOS HUMANES
26 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.El relevo en la cúpula de Telefónica viene a suponer una reconfortante interrupción de la avalancha de rumores que se habían abatido sobre la operadora en las últimas semanas, impidiendo su normal actividad y dañando el comportamiento de sus acciones en Bolsa. La despedida de Villalonga ha venido a representar un respiro de alivio para el millón de accionistas que siguen los avatares de la empresa y que ven en la figura de su sucesor, César Alierta, una garantía de futuro. Así lo han observado las cotizaciones de Telefónica en la Bolsa y así lo han sancionado con mayor contundencia los inversores neoyorquinos, que empujaron con mayor entusiasmo al alza las cotizaciones de dos ADR de Telefónica. La personalidad del nuevo presidente invita a este voto inicial de confianza. Si uno de los mayores méritos de Juan Villalonga era el conocimiento de los circuitos financieros internacionales, César Alierta le gana de largo en la especialidad. No en vano fue el protagonista, desde su despacho en el Banco Urquijo, a mediados de la década de los 70, de las primeras operaciones financiera transnacionales que se realizaron en España. Aparte, César Alierta, miembro de una secta tan singular como es la de la mañocracia, aporta, con toda seguridad, sosiego y orden en la gestión de la empresa, a la vez que garantiza no sólo plusvalías, sino también respeto para los accionistas. Por supuesto, la tarea al frente de Telefónica va a resultar ingente. Reordenar el esquema de alianzas de la empresa, sortear algunos de los charcos en que se había metido Villalonga y sobrevivir al acoso mediático que, además, se ve afectado por las ambiciones que despierta Telefónica Media, no resultan tareas despreciables. Sin embargo, la propia personalidad de Alierta parece infundir una confianza adicional a los accionistas que ya se han apresurado a situar en torno a los 30 euros el precio de las acciones de la compañía para un futuro más inmediato. El resto de los retos son más variopintos. Y no se pueden olvidar ni los intereses políticos ni los intereses particulares de los grandes accionistas, pero lo que sí es seguro es que César Alierta no ha accedido al sillón de la presidencia con la intención de medrar.