CARLOS MARCOS BLANCO
17 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando el filósofo clásico dijo aquello de «sólo sé que no sé nada», todo el mundo lo entendió como una afirmación de humildad de aquel que, sabiendo mucho, quería decir que aún podía saber mucho más. Lejos de aquella interpretación, hoy, tan célebre frase habría que traducirla como un ejercicio de sinceridad por parte de nuestros jóvenes. Un trabajo reciente sobre la calidad de los conocimientos adquiridos por los niños en edad escolar deja bien claro que nuestros pequeños alumnos sufren de una preocupante falta de conocimientos de los que podíamos denominar básicos. Que los niños piensen que a una isla se puede llegar en coche o que no sepan dónde ubicar el Este o el Oeste son síntomas más que evidentes de lo que podemos llamar fracaso escolar en su sentido más amplio. ¿Fracasa el niño que no sabe responder a tan elementales preguntas?. No, lo que fracasa claramente es el sistema educativo en el que ha sido preparado, el diseño de estudios o lo que en pedagogía se denomina diseño curricular y, con él, los sistemas de evaluación. Hace no mucho tiempo hablábamos en las páginas de este mismo periódico de la pérdida de valores. Vemos hoy otro ejemplo; los conocimientos no son un valor al alza. Hoy se suple todo con un practicismo absurdo. ¿Para qué saber sumar si ya hay calculadoras? ¿Para qué debemos tener un libro en casa si se puede consultar en Internet? Podríamos continuar poniendo ejemplos sobre la ¿evolución? Qué pensadores modernos han decidido que deben de seguir los modelos educativos, pero creo que no merece la pena. Aquí pasamos con gran facilidad de un extremo a otro; de «la letra con sangre entra» a «no pierdas el tiempo estudiando, hazte rico». En los años 70 y 80 cundió en el mundo de la educación en España un proyecto que A. S. Neil había desarrollado muchos años antes y que fue bautizado como Summerhill, un sistema que se podía llamar educación en libertad. O sea, que cada niño se educaba como él mismo quería. Aquello nos sonó bien porque caminábamos en democracia y todo lo que hacía referencia a la libertad tenía buena acogida entre el público. Como casi siempre en nuestro país, se nos fue la mano. Un pueblo libre ha de ser, necesariamente, un pueblo culto. Pues si esto es así y yo lo creo, fíjense ustedes lo equivocados que vamos. Sigmund Freud decía que «...la función capital de la cultura, su verdadera razón de ser, es defendernos...» Esta frase lapidaria dicha por quien la dice merece un estudio, pero a mí me gustaría que alguien me respondiera a esta pregunta: ¿Quién asume la responsabilidad de la incultura que deja indefensos a miles de jóvenes españoles? La culpa, señoras y señores, es de todos menos de los niños. Ellos estudian lo que les enseñan, cumplen los programas que alguien diseña y se esfuerzan en la medida de las exigencias que se les propone. Tras los resultados del trabajo que pone en evidencia el sistema educativo de los últimos años, hay que reaccionar con urgencia. Estamos recogiendo el fruto de lo que se ha sembrado. Progreso y cultura han de ir de la mano y no debe de ser necesario ser canario para saber que un archipiélago no es un ave. Me temo que Peret, el rumbero catalán, cuando cantó la canción que da título a este artículo, no pensó nunca en que tal canción pudiera llegar a convertirse en el himno de los escolares españoles, si bien el estribillo se lo podemos dedicar a los responsables políticos que ¿pensaron? este sistema educativo.