NACIONALISTAS BUENOS...Y MALOS

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

12 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo extraño no es que en este país algún españolista eche de cuando en vez los pies por alto y diga cosas que ofenden al nacionalismo periférico: lo sorprendente es que el nacionalismo español sea un fenómeno político casi marginal. Lo increíble para cualquiera que conozca nuestra evolución en las dos últimas décadas no es que exista una preocupación por reforzar culturalmente la cohesión territorial, sino que tal preocupación no se haya manifestado mucho antes y con cierta virulencia frente a los que están persuadidos de que la misma expresa sólo una patología intolerable. ¿Cómo entender que el que era hace apenas veinte años uno de los Estados más centralizados y autárquicos de Europa occidental haya pasado, sin ruido apenas del rancio y castizo españolismo, a convertirse en la más descentralizada y proeuropea democracia de todo el continente? ¿O es que no resulta milagroso el conformismo con que han asumido el descomunal traspaso de competencias por arriba y por abajo los millones de españoles que están convencidos de que España es una nación y de que tal convencimiento no resulta el fruto vergonzoso de una deformación inconfesable? Pues sí, es milagroso. Tanto que ese conformismo _el de los que han aceptado sin chistar que se les diga que hablan en su tierra una lengua que no es propia, mientras se da al bable su Academia o el silbo canario se hace asignatura_ es sólo explicable como el fruto de una historia desgraciada: la de un nacionalismo español siempre vinculado al militarismo, a la carcuncia clerical y a la exclusión autoritaria, en una palabra a lo más reaccionario del credo antiliberal y antidemocrático. Esa y no otra es la razón de que una reunión como la mantenida por el Partido Popular en San Millán de la Cogolla pueda ser considerada todavía un desafío por los dirigentes de CiU, del BNG o del PNV sin que se les caiga la cara de vergüenza. Harían mal, en todo caso, el Gobierno y su partido en agitar ahora sin tino una bandera que sólo serviría para dar aire a las que los nacionalistas han debido poner a media asta tras su debacle política en las últimas elecciones generales. Dicho lo cual, no puede no decirse, al mismo tiempo, que oír a nuestros conspicuos nacionalistas periféricos llamar nacionalistas a quienes han firmado la Declaración en defensa de las humanidades es tan hilarante como oír a un ludópata acusar de tahúr a quien juega ocasionalmente al dominó.