UN CAPOTE PARA EUAN BLAIR

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

09 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Muchos admiradores de Tony Blair no saben inglés. Disfrutan horrores con su exquisita pronunciación, y canturrean su ya familiar apellido con música de Cambridge. Pero a la hora de comentar sus mensajes no tienen más remedio que leerlos en castellano, en la improvisada traducción de una periodista en prácticas. Así se explica que el discurso del premier británico se haya convertido en el ronco tardío de la melodía que se está componiendo en Francia y Alemania. Y así se entiende que empiece a perder el favor de los que _como Aznar_ aspiran a hacer de gallitos en Europa, sin riesgo de patinar en las viscosas frases de un tibio europeísta y un tibio socialdemócrata. Pero, en contra de lo que parece, este artículo no va de política. Su único objetivo es dejar constancia de mi solidaridad con un padre llamado Tony Blair, que, gracias a un craso error de la policía y a una falsa comprensión de la igualdad, acaba de ver como su hijo Euan se convierte en el símbolo de una juventud que, vista desde nuestra atalaya de nostálgicos cincuentones, parece que no sabe divertirse. Por eso me pareció oportuno contraponer la escasa fortuna de los últimos discursos del político Blair con la excepcional reacción del padre que, obligado a comentar la pejiguera noticia del día, supo medir por micras sus palabras y sus gestos. Sin elusión de la responsabilidad que se deriva de su condición de escaparate familiar de Inglaterra, pero sin dejar de echarle un capotazo a un chico de dieciséis años que, sin salirse del guión que interpretan nuestros propios hijos, acaba de cargar con la cruz que representa los varios millones de curdas que se toman los hijos de Europa cada fin de semana. Entre tolerantes e incrédulos, todos los padres criticamos la irracional costumbre que lleva a nuestros hijos a divertirse con las lechuzas y a cruzar su vuelta con nuestra salida al trabajo. Sin asumir ni un ápice de responsabilidad, todos pedimos que las autoridades aborden el asunto, protejan el orden y el sueño de la ciudad y hagan imposibles estos horarios que llenan de problemas y de luto tantos hogares. Por eso nos vino de perlas la borrachera del pobre Euan, que, lejos de ser castigado, debería ser indemnizado por la indiscreción que lo castiga con las culpas de todos. Porque, lejos de movernos a reflexión, todo apunta a que su pequeño drama nos va a servir para meter la cabeza debajo del ala y decirnos unos a otros que en todas partes cuecen habas.