SENTIDIÑO COMÚN

La Voz

OPINIÓN

CARLOS MARCOS

02 jun 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

La verdad es que, en ocasiones, uno tiene la sensación de vivir en un enorme manicomio (ahora centro de salud mental) en el que los que precisan mayor atención son los cuidadores, mientras que los inquilinos de tan denostada institución observamos, anonadados, la realidad que nos rodea. Fue Ángel Ganivet quien escribió en sus Cartas Finlandesas: «El sentido común es una constitución que rige con más eficacia que todas las demás constituciones». Pues, si así es, podemos avanzar que el sentido común está en crisis. A lo peor, será verdad que es el menos común de los sentidos. Mala cosa. La velocidad de vida que nos impone el día a día, nos está haciendo caer en una terrible trampa y está consiguiendo que todos aceptemos como normal lo que, a todas luces, ha de ser extraordinario. Parece que pararse a pensar ya no merece la pena. Así, aquellas personas que viven en la normalidad parecen marginales, mientras estos últimos se sitúan en la primera línea de acción y opinión teniendo a su alcance todo tipo de medios para hacer llegar a la opinión pública sus mensajes y, lo que es más indignante, como aparecen en todos los medios imaginables, parece que todos participamos de esa realidad que algunos nos venden. Lo siento por ellos, pero a mí no me da la gana de aceptar cosas que, como decía Roberto Carlos (el cantante), ya no comprendo. El esperpento que vivimos no sería imaginable ni por el propio Valle Inclán. Porque vamos a ver, si usted tiene más de treinta y cinco años, está usted casado, tiene un hijo o más (¿?), paga sus impuestos, no está o ha estado en la cárcel por delitos económicos y aún encima usted no es gay, o sea, marica, y si, además, aspira a darle a sus hijos una formación universitaria asumiendo para ello todos los esfuerzos necesarios, pues siento decirle que tiene usted todos los boletos para ser el próximo invitado a la Cena de los idiotas. Pero, ¡qué me está usted diciendo! Pues eso, lo que yo le diga. Mire usted; si tiene más de treinta y cinco años, su posición ante el mercado laboral es, cuando menos, difícil. Parece ser que usted se ha convertido en una especie de carga social y casi nadie lo ve ya como un agente productivo. En una palabra, es usted viejo (¡con 35 años!). Pero si además usted solamente se ha casado una vez y no ha protagonizado tres o cuatro divorcios con publicidad y ni tan siquiera es hijo-a de famosos y cobra exclusiva, la verdad es que no sé qué papel pinta usted en esta realidad. Cuño de modernidad Pero no caiga en el desánimo, porque si usted es gay, todavía le queda una esperanza: no hay programa de televisión que se precie que no tenga un gay en su prime time (máxima audiencia), que le aporte un cuño de modernidad a la cadena. También cabe la posibilidad de que usted, en su pasado más próximo, hubiera ejercido la prostitución y eso la pueda convertir en una Gran Hermana que, como en el cuento de la Cenicienta, le cambie la vida en un plis-plas. Haciendo una adaptación de una célebre frase de Adolfo Suárez yo diría que va siendo hora de que elevemos a categoría de anormal a todos los niveles lo que es anormal a nivel del sentidiño común.