Annette Bening completa un día almibarado con «La mirada del amor»
21 sep 2013 . Actualizado a las 06:00 h.Entré con toda la prevención en Futbolín, la película de animación en 3-D que inauguró este festival. Todos los colegas argentinos me habían avisado de en dónde me metía. Lo que vi empeoró mis expectativas. No se puede ser más tonto que el modelo de espectador imaginario al que el argentino Juan José Campanella cree que va destinada su película, que más que cine es un juego recreativo pero falso, sin el encanto vintage.
Futbolín (Metegol se llamó en Argentina; y también aquí la han doblado a castellano neutro, en un acto consciente o inconscientemente xenófobo) quiere ser un re-mix de Toy Story y Pequeños guerreros. Pero está en los antípodas de la genialidad de Lasseter y del oficio de Joe Dante.
Se trata de un pegajoso producto calculado para la taquilla al tratar de disfrazar de ternurista canto a las tradiciones (el futbolín frente a la consola: los perdedores frente a una parodia cruel de CR-7) lo que no es más que blandenguería que semeja anuncio de un banco encantado de conocer y mimar a sus clientes. Tiene ecos de la sensiblería delictiva de Luna de Avellaneda, pero encima hay que ponerse gafas. Mis amigos argentinos me avisaron. Yo cumplí con mi obligación y padecí la hora y media mientras en una sala, al lado, el festival contraprogramaba The Wind Rises, el adiós al cine del maestro de la animación Miyazaki, que ya pasó en Venecia.
Como se ve que la jornada inaugural iba de hiperglucémica, después vimos The Face of Love, que al lado de Futbolín es inofensiva: un dramita de amores tardíos con Annette Bening, que se pasea por Donosti, y Ed Harris, salvando los muebles.
El protagonismo real de este primer día vino con dos películas vistas ya en Cannes: la mexicana La Jaula de oro, notabilísima obra que enfrenta el dantesco vía crucis de unos jóvenes inmigrantes de Guatemala rumbo al sueño norteamericano y es capaz de inyectarnos el sobrecogimiento de esa carrera contra la muerte sin caer en un solo efectismo.
Y dejó pequeña la sala La vida de Adèle, la ya bien conocida Palma de Oro en Cannes, esperadísima historia de amor lésbico desdramatizado y explícito, narrado desde la veracidad honesta de Abdellatif Kechiche y erigida ya en uno de los más bellos relatos sobre los dientes de sierra de la pasión que este cronista haya apreciado en mucho tiempo.