Adiós a la centenaria Rosa Conde González: «Larga vida e bon morrer»

Esta tarde, a las 17.00 horas, será enterrada en el cementerio de San Amaro

Rosa Conde González, tercera por la izquierda en la fila de abajo, junto a sus padres y sus cinco hermanos menores
Rosa Conde González, tercera por la izquierda en la fila de abajo, junto a sus padres y sus cinco hermanos menores

Oí decir a mi abuela Encarnación González que lo importante era tener «larga vida e bon morrer». Me quedó grabada aquella sentencia porque cuando la escuché tenía yo unos once años y no me parecían nada compatibles los términos «bien» y «morir». Contra lo de la larga vida no tenía ningún reparo. La edad y la experiencia de ir perdiendo a personas a las que amaba, me mostraron pronto toda la importancia que guardaba la segunda parte de la frase de Mamá Encarnación. Por fortuna, mis seres más queridos tuvieron ese buen morir, sin largas agonías, ni agudos dolores, e incluso con bastante grado de lucidez hasta el término de su viaje por este mundo.

Ayer despedí a mi tía Rosa Conde González, la hija mayor de Encarnación, la que haciendo funciones de mamá vicaria cuidaba tantas veces de sus restantes hermanos más chicos, entre ellos mi padre, al que le llevaba 10 años. Todos nos han dejado ya. Rosa también cuidó de mí los primeros veranos de mi infancia, cuando yo comenzaba a ensayar pasos vacilantes y a balbucear algunas sílabas, mientras mis padres atendían su negocio estival en la playa de Santa Cristina.

El corazón de mi tía se paró la pasada madrugada, cuando le faltaban apenas dos meses para llegar a los 106 años. No, Rosa no mantuvo la lucidez hasta el final de su recorrido; hace años que habitaba en ese inescrutable mundo interior de los ancianos ausentes. Pero yo diría que también tuvo un buen morir. Se fue agotando lentamente, como en el manido ejemplo de la llama que se extingue, sin dolor, sin angustias.

La visité el pasado domingo día 20 en la residencia de Ferrol donde la cuidaban, y muy bien por cierto. Presentí que se apagaba, acaricié sus mejillas, besé su frente y le dije «nunca sabré si notas que estoy aquí, pero soy tu sobrino Quique para decirte que te quiero mucho». Las circunstancias han hecho que hoy -en el curso de un viaje a España con fines muy diferentes- me haya correspondido la responsabilidad de estar organizando su inhumación. Será esta tarde a las 17.00 horas en el cementerio de San Amaro, a la vista de la milenaria Torre de Hércules. El certificado dice que falleció de insuficiencia respiratoria, algo tiene que decir. Con su expresivo lenguaje de aldeana, mamá Encarnación diría que en realidad «morreu de vella» y que tuvo «larga vida e un bon morrer».

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