El director letón, al frente por tercera vez del Concierto de Año Nuevo de Viena, ha disfrutado de una existencia de película, infarto sobre el escenario incluido
26 dic 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Mariss Jansons, el hombre que la próxima semana dirigirá por tercera vez en su carrera el Concierto de Año Nuevo en Viena, dispone de una biografía que si la pilla Spielberg bien podría habernos regalado uno de esos filmes en los que el suspense se combina con grandes dosis de superación personal y mucha épica. Una existencia edificante al servicio de algunos de los mejores valores del ser humano y con la mejor banda sonora posible: Beethoven, Shostakovich, Bruckner, Mahler, o sea, las fuentes genuinas de las que bebe John Williams.
Jansons (Riga, Letonia, 1943) vino al mundo de chiripa: su madre tuvo que esconderse para que los nazis que exterminaban judíos en el gueto de la capital letona no acabaran con aquel recién nacido, como antes ya habían hecho con el tío y el abuelo. Su padre, Arvis Jansons, también músico, consiguió trabajo como asistente del legendario Evgeny Mravinski, tiránico director de la Filarmónica de Leningrado, pero falleció a pie de obra, en medio de un concierto, fulminado por un infarto que el propio Mariss repetiría años más tarde en parejas circunstancias. Y por si fuera poco, a una de sus tías la encarceló el KGB.
Mientras su padre soportaba el mal carácter del gran Mravinski, Mariss Jansons logró estudiar en el conservatorio de Leningrado piano y violín, y por las noches jugaba a dirigir su propia orquesta, fabricada con botones: lo mismo que años más tarde, en Venezuela, el niño Dudamel haría con sus soldaditos. Una manera de escapar al tedio cotidiano, de rebelarse contra ese gris espeso con el que las dictaduras tiñen las vidas de los oprimidos. De ahí que al joven proyecto de director se le abriera el cielo cuando, en 1969, pudo acudir en Viena al taller del orfebre Hans Swarowsky, ilustre forjador de maestros de renombre como Abbado o Mehta y hasta algún español. Solo dos años más tarde, en Berlín, ganó el concurso Karajan, con quien siguió estudiando también en Salzburgo y le animó a perseverar.
En 1973, Jansons ya estaba al frente de la Filarmónica de Leningrado para poco después recalar en la de Oslo, que en sus 21 años de titularidad pasó de ser una modesta orquesta de segunda a convertirse en una de las formaciones punteras de Europa. Si él tiene algo bien claro, y así lo ha afirmado siempre, es que la reputación de una ciudad, región o Estado se basa en el prestigio, influencia y solidez de sus instituciones culturales. «El hombre es cerebro, corazón, sentimientos? todo ello hay que educarlo a través de la belleza. Sin embargo no hay apoyo político, y es que la música se ve más como entretenimiento que como cultura», ha dicho.
Contrato hasta el 2021
Que la música es mucho más que un opio pasajero se ha encargado de demostrarlo en cada una de sus interpretaciones, al asumir la titularidad de orquestas como la del Concertgebouw de Ámsterdam o la de la Radio de Baviera (que ha ampliado su contrato hasta el 2021), o con las que lo invitan a menudo a impartir su magisterio, sobre todo las filarmónicas de Berlín y Viena. En 1996, un infarto casi lo manda al otro barrio mientras dirigía una Bohème, ese cóctel de emociones de alto voltaje que él nunca ha reprimido, dejando que por sus mejillas resbalen a veces las lágrimas mientras dirige las obras que ama. Pero sin perder de vista jamás la estructura. Jansons es un estajanovista de la partitura, un meticuloso alquimista de sonidos que exige siempre de sus músicos el mayor de los esfuerzos, concentración y compromiso para ofrecer al público una experiencia única, un acontecimiento capaz de transformar al oyente. Aguardemos que los dioses le deparen aún larga vida, por nuestro propio bien y el de la música.
Una cita de gran popularidad que ensalza el legado de los Strauss
El Concierto de Año Nuevo de Viena no es solo una de las citas musicales por excelencia, sino que forma ya desde hace años parte del ritual de bienvenida al año que se inaugura. Algunos de los más reputados directores han puesto su batuta al servicio de la celebración y nombres de la talla de Daniel Barenboim, Zubin Mehta, Riccardo Muti o Claudio Abbado, entre otros, se han puesto frente a la Filarmónica de Viena el 1 de enero. La orquesta se decidió por este modelo de director invitado cuando en 1979 Willi Boskovsky, que lo había dirigido en 25 ediciones, se vio forzado a renunciar por motivos de salud. Todos ellos han reinterpretado el legado de la dinastía Strauss, cuyos vales y polcas figuran entre las melodías más populares y son sinónimo del Año Nuevo.