Se ha ido Javier Krahe dejando en el aire que no todo va a ser vivir. Será entonces que se trata de dejar una huella, o una lección de tipo discreto, amable y observador. Porque Krahe es una de esas cosas que te pasan una vez en la vida. Y, en los últimos años, tocó que cantaba Krahe.
Y por Galicia pasó que da gusto, tal vez porque hay en el madrileño cierto espíritu gallego, aunque prefiriera el Sur para esas vacaciones de escolar que se pegaba cuando llegaba el verano. Si decía Rafael Azcona que «lo único que no se puede tolerar en la vida es ser un pesado», Javier Krahe es el pleno de la garantía de que no lo era. Lo suyo: 16 discos y 71 años, queda muy lejos de los 19 días y 500 noches de Sabina.
Cuando a Krahe se le preguntaba si no tenía nostalgia de un éxito de los que llenan plazas de toros, sonreía. Aseguraba que era feliz cantando delante de 200 espectadores, o 100, o 50... porque les veías las caras. «Y todo es más tranquilo», decía. Y, por ejemplo, en el Dado Dadá, de la gran Carmen Eixo de Santiago, disfrutaba tal vez porque así se podía ver la maestría de Javier López de Guereña, su guitarrista de cabecera, que cruces de la vida tiene mucho que tocar con la cantautora pontevedresa Palito: conexión directa a Krahe.
Los que lo querían se quedaron tranquilos cuando en el 2013 sacó Las diez de últimas y se pasó toda la promoción aclarando que aquello sólo era un juego de palabras. Después lanzó esa joya que es su directo de aniversario en el Café Central, el año pasado, y parecía que Javier Krahe era para siempre.
Por eso sienta mal saber que no será posible cruzarse con él por la calle Pez de Madrid ahora que todavía no nos acostumbramos a que con Moncho Alpuente tampoco va a pasar... Esa pequeña calle malasañera, pero no tanto, que no sería destacada ni en el callejero de Vigo o A Coruña, tenía el encanto de que por la puerta del Palentino podían pasar cualquiera de estos dos genios, tal vez camino del estanco que está al lado de la calle San Bernardo. A lo suyo. Hubo un tiempo en que vivía allí hasta Calamaro. Pero ahora, si se va Krahe, como dice Miguel García, un fan de León desde Cangas, «nos hemos quedado sin letra».