En la legislatura del bipartito, hace ahora dos décadas, el Gobierno presidido por Emilio Pérez Touriño en coalición con los nacionalistas acostumbraba a presumir del liderazgo que ostentaba Galicia en las estadísticas del mercado de trabajo. La de empleo era una consellería socialista, con el lucense Ricardo Varela al mando. Por aquel entonces, en pleno bum inmobiliario y antes de que todo saltara por los aires, la ocupación mostraba un gran dinamismo, impulsada por el ladrillo y sus ramas industriales auxiliares: aluminio para ventanas, tuberías, calefacción y un largo etcétera... En aquellos años, desde las páginas de este periódico contamos en varias ocasiones que la corona de Galicia como campeona en las estadísticas del mercado laboral se explicaba, en gran parte, por un comportamiento diferencial negativo en materia demográfica: esta comunidad necesitaba generar mucho menos empleo que el resto de España por una menor llegada de inmigrantes. Bastaba con ver cómo divergía la población activa. El entonces líder de la oposición, Alberto Núñez Feijoo, veía en aquellos argumentos un filón para bajar los humos al bipartito, pero cuando llegó a la Xunta ya no le sirvieron. En las sesiones de control parlamentario, el nuevo presidente del PP, en lugar de hablar de la encuesta de población activa, presumía del descenso del paro registrado. Como muchos sabrán, la cifra de demandantes puede bajar porque hay nuevos ocupados, pero también porque hay menos inscritos. Casi dos décadas después, podemos defender que el comportamiento diferencial negativo de Galicia en términos demográficos se ha cronificado. Y explica en parte el liderazgo gallego en algunas estadísticas. Y si no, veamos un ejemplo bien ilustrativo: esta comunidad ha crecido menos que la media española en los últimos años y, sin embargo, Galicia se ha aupado al primer puesto en PIB per cápita de todo el Estado, según los últimos datos del BBVA Research. La cuenta es bien sencilla: somos menos, pero tocamos a más.