Viento de cola


Presidente de EF Business School

Hoy es domingo, y no uno cualquiera, toca votar y posicionarse, cada uno con su ideología, con sus sueños o con sus frustraciones. Como es obvio, el resultado influirá en nuestro devenir económico, lo cual no quiere decir que nuestro destino dependa exclusivamente del resultado de hoy. Hay más mundo y ese mundo también influye, y no poco, en nuestra realidad. Por ello, permítame que haga dos cosas. Primero, me centre en la economía internacional y, segundo, le aporte algo de optimismo. Y no es para que vaya de buen humor hasta el colegio electoral, es que realmente hay expectativas positivas y es bueno conocerlas e interpretarlas.

Europa debería haber entrado en fase de calentamiento económico a finales del 17 y, con toda seguridad, en el 18. Eso es lo que pensábamos en el 20116 y es lo que realmente hubiera ocurrido si Francia e Italia hubieran crecido al ritmo de España o de Alemania. Si así hubiera sido, habríamos visto una subida de tipos de interés el año pasado, estos habrían provocado un incremento del margen de intermediación bancaria y el nuevo ciclo habría impulsado los valores bancarios y, con ello, empujado el Ibex al alza. Habría llegado a nuestro mercado el efecto riqueza, la cartera financiera habría crecido, y también su liquidez, nos sentiríamos más ricos y esto nos haría más consumistas. Más leña para la hoguera del crecimiento. Este efecto, que es un buen aliado de la recuperación económica, está de sabático, así que toca esperar. Dicen que vendrá en el 2020. Está por ver. La oferta monetaria de la eurozona, leída a través de su indicador M3, no crece y la inflación subyacente, que nos muestra la fuerza de la demanda, tampoco. Entonces, ¿por qué ser optimistas?, se preguntará. Al margen de los desequilibrios internos de Francia e Italia, han torpedeado nuestro crecimiento las incertidumbres provocadas por el brexit y, en mayor medida, las guerras comerciales de Trump. Sobre lo primero, todo parece indicar que entramos en una prórroga larga, que no sabemos a dónde nos llevará, pero que da tiempo y eso, en estos momentos, es oxígeno. Ahí tienen, a modo de ejemplo, las subidas en bolsa de Sabadell, la entidad financiera con mayor riesgo acumulado en el Reino Unido, dueña de una de las principales entidades financieras británicas. En cuanto a Trump, el segundo y quizás más pernicioso elemento de incertidumbre, parece que finalmente entra en un período de inflexión. Al menos en lo que corresponde a su relación comercial con China. La semana que viene empieza una nueva, y previsiblemente la última, ronda de negociaciones. Si se mantiene la agenda, la semana del ocho de mayo, después de la visita del viceprimer ministro de China, Liu He, a Washington, veremos la convocatoria de una cumbre Trump-Xi Jinping. Se habrá disuelto uno de los nubarrones más pesados de la atmósfera mundial, y entre sus efectos veremos una mejoría de la economía alemana, el bulldozer exportador de Europa. Puede que Berlín por sí sola no sea capaz de mover la eurozona, pero lo que es seguro es que si ella no crece es francamente difícil encarar una ruta de mejoría. La lógica es sencilla, Alemania está abierta al mundo entero, a Asia también. España, por el contrario, muestra una excesiva dependencia de Europa central. 

Este escenario, que no deja de ser una expectativa con fundamento, pero expectativa, aún no está reflejado en las previsiones macroeconómicas. Por ello, de cumplirse, veremos una mejora de las previsiones de crecimiento del 2020 que, por cierto, no eran malas. Llegaremos a ver subidas de los tipos, complicado, aunque no es descartable, para el segundo semestre del año 20. En todo caso, lo relevante es que sea cual sea la política económica que salga de las urnas, es posible que cuente con un ligero viento de cola internacional.

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