Anómala nueva normalidad


Se viene utilizando la expresión nueva normalidad (The New Normal) para referirse a la situación sobrevenida tras las fuertes convulsiones que trajo consigo la crisis financiera. A partir del 2016 comenzó a difundirse la idea de que en el paisaje económico más o menos previsible -una par de décadas hacia delante- habría muchos aspectos no demasiado distintos de los que estaban presentes antes del 2008. La expansión había retomado su curso, no se producían sustos de mayor consideración y las políticas más heterodoxas del período precedente -como las monetarias- comenzaban a cambiar de signo. Sin embargo, todo eso tenía bastante de ilusorio: como acaba de recordar, entre otros, el FMI, el escenario de la economía mundial se deteriora de una manera visible y parece que nuevos sobresaltos no tardarán en llegar. Se constata también que una parte de esa expansión en algunos países -como Estados Unidos- se debió a rebajas de impuestos que no son sostenibles por mucho tiempo. Con todo ello, se va extendiendo la aprensión en torno a lo que de cara a los próximos años nos espera.

Pero no se trata de un cuestión coyuntural. Dejando ahora de lado las posibles consecuencias de la revolución tecnológica disruptiva, hay tres razones de fondo, absolutamente estructurales, que hacen pensar que la nueva normalidad va a ser, en realidad, muy poco normal. La primera, fundamental, es la persistencia de una gigantesca bomba de deuda a escala global: tras haber superado los 157 billones de dólares a finales del año pasado (un 217 % del PIB mundial), la deuda se sitúa, no solo por encima de sus niveles del 2008, sino que marca un registro antes nunca visto. ¿Seremos capaces ahora de reducirla de verdad, de desapalancar en profundidad a nuestras economías, cuando en los años de crisis, en los que constituía una gran prioridad, no fuimos capaces de hacerlo? Este hecho seguirá marcando durante mucho tiempo las tendencias económicas y las opciones de política pública.

El segundo fenómeno importante a retener es la permanencia de tipos de interés extraordinariamente bajos. «¿Y si las tasas de interés cero llegaron para quedarse?», se preguntaba hace unos días un importante experto, Adair Turner, antiguo presidente de la agencia reguladora británica. Tasas cero o tasas negativas: en Japón saben mucho de eso, pero también en Alemania (donde el rendimiento de los bonos a diez años se ha situado en el -0,02 %) comienzan a hacerse ese tipo de preguntas. Turner atisba incluso que esa situación tan anómala podría extenderse al menos durante un cuarto de siglo. No es raro que la perspectiva de cambiar la orientación de las políticas monetarias se esté evaporando, de modo que ahora parece que podrían mantener su carácter excepcional durante un largo tiempo.

La ausencia de inflación es el tercer hecho a tomar en consideración. La inflación mundial se encuentra en sus niveles más bajos desde 1933 (de hecho, en el 2015 había más países con tasas negativas que superiores a los dos dígitos, algo que ha cambiado poco desde entonces), y de hecho las tensiones que a veces vemos en los precios se deben más a presiones en ciertos costes, como el de la energía, que al empuje de la demanda. Sin mencionar la palabra maldita ?deflación-, quedémonos con otra expresión más moderada y ambigua: vivimos tiempos de clara desinflación.

La nueva normalidad se va pareciendo mucho, por tanto, a lo que el economista norteamericano James Galbraith ha llamado «el fin de la normalidad». A los partidarios de la tesis de que viene un período de estancamiento (el ya famoso estancamiento secular) les asisten algunas buenas razones para perseverar en esa creencia.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía

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