Veintitrés


Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

Veintitrés. No olvide este número. No se le ocurra. Representa a la Galicia sin esperanza, a la que aún está en el 2011. ¿Se acuerda de ese año? Todos subidos a un avión buscando un cliente al que vender, porque aquí no había nada. No había demanda. No había crédito. No había bancos. No había empleo. Solo quiebras y más quiebras. ¿Lo recuerda? Lo escribo y la piel se me transforma. Fuimos muchos, demasiados, los que vivimos el epicentro de esta maldita crisis. Por eso ha de preocuparnos que veintitrés comarcas de Galicia, a diciembre del año pasado, tuvieran menos cotizantes a la Seguridad Social que a diciembre del 2011. Es increíble, ¿verdad? Pues este es el tema y no otro. Porque ahí, en esa parte de esta tierra, que es suya, pero también mía, se levantan todos los días para trabajar 168.793 gallegos. Pero en el año 2011 eran 172.998, 3.505 más que hoy. Y este dato no es menor, primero, porque detrás del dato está la persona, su soledad, su frustración, su vacío y, segundo, porque son fuerza tractora, los ocupados que tenemos son 977.148; por tanto, estamos hablando del 17 % de nuestra fuerza laboral. No podemos caminar con esas alforjas. Es imposible. ¿A dónde vamos, teniendo a cerca del 20 % de nuestra clase trabajadora inmersa en un entorno económico aún más drástico que el del once? ¿Y dónde están?, se preguntará. Pues en las siguientes comarcas: Ortegal, Terra de Soneira, Os Ancares, Chantada, A Fonsagrada, A Mariña Central, A Mariña Occidental, A Mariña Oriental, Meira, Quiroga, Sarria, Terra Chá, Baixa Limia, O Carballiño, A Limia, Ourense, O Ribeiro, Terra de Caldelas, Terra de Celanova, Terra de Trives, Valdeorras, Verín y Viana.

Hoy es una realidad que Galicia camina, exclusivamente, sobre las espaldas de dieciséis comarcas. Ellas son las que han generado empleo con cierta alegría (tasa de crecimiento del número de cotizantes, desde diciembre del 11 hasta diciembre del 18 igual o superior al 3 %) y las que traccionan. Nos referimos a las comarcas de Barbanza, A Barcala, Bergantiños, Betanzos, A Coruña, Eume, Santiago, Terra de Melide, Lugo, O Baixo Miño, Caldas, O Condado, O Morrazo, Pontevedra, O Salnés y Vigo. Esta Galicia, la única situada en la etapa final de la crisis, es una realidad que mueve a 680.802 cotizantes, 37.000 más que a diciembre del 2011. Dato que no es menor, y que crecerá con toda seguridad. Vigo ha explosionado como área industrial, Ferrol volverá, a partir del 2020, a ser una ciudad alegre y A Coruña está generando un polo TIC digno de análisis y estudio. Hay mimbres para que los que están yendo bien puedan ir mejor, pero ¿es esta la Galicia que deseamos?

Está claro que no, y está igualmente claro que el poder económico de la Xunta será incapaz de crear una Galicia armónica y equilibrada. El agujero es demasiado profundo. Cosa diferente es que hablemos del poder legislativo de nuestro Parlamento, ahí sí hay pista de juego. Obviamente, en el de Madrid hay más. En todo caso, es evidente que tenemos que diseñar una estrategia de desarrollo para la Galicia que no ve el sol, y que esa agenda ha de pivotar sobre la colaboración público-privada. Haremos de esta tierra un lugar grande el día que entendamos que el único capital que es capaz de hacernos volar es el privado. Hoy, Galicia está en máximos históricos de riqueza financiera, nuestros depósitos superan holgadamente a nuestro nivel de apalancamiento; no se recuerda una situación igual. ¿Y? Y, nada, el dinero no quiere salir. Esa ha de ser la misión del presidente Feijoo, crear el marco para que nuestros capitales deseen invertir en Galicia. Presidente, no hay otra.

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