A favor del pacto forestal


Ni me acuerdo de las veces que he deseado que la clase política gallega se sentase a pactar soluciones para los grandes problemas económicos de nuestro país. Pero... ¿Qué son mis deseos? Nada. Pero los suyos y los míos, si son similares, conforman un discurso compartido, y los de muchos unidos a los nuestros son una marea de energía positiva, de ilusión. Una fuerza tractora capaz de romper muros cimentados sobre el inmovilismo. Hoy, permítame que le diga que le escribo para que vea con nitidez mi sueño y seamos dos y mañana alguno más.

Una buena parte de nuestros males no provienen de Madrid. Residen aquí, y, entre ellos, destaca la incapacidad de dialogar de nuestras fuerzas políticas. Se anclan en posturas inmovilistas. En el no me fío. En el no me siento, porque si no, van a creer que soy débil o crédulo o ingenuo. Y aunque lo entiendo, en política llega más lejos el que no se moja, no puedo compartirlo ni apoyarlo.

El martes, el presidente Feijoo presentó en el Parlamento un paquete de treinta medidas para discutir y, sobre ellas, crear un gran pacto forestal. Una buena parte de la prensa lo interpretó como un ejercicio político vinculado al drama incendiario que vivimos hace unas semanas, y ahí lo dejó, tirado en el campo embarrado del juego electoral. Así creo que también lo vio una parte de la oposición. Y no es así. Feijoo presentó un paquete de medidas que, de ser aplicadas, transformarán radicalmente el sector forestal gallego.

Le daría a la Galicia más envejecida una nueva industria, poderosa y tractora. Me atrevo a afirmar que nunca he visto, por parte de la Xunta, un documento más disruptivo, con mayor capacidad para transformar la realidad. ¿Y usted se ha enterado? A que no. Me temo que una parte de la oposición, tampoco. Si así fuera, y tuvieran un mínimo de amor por esta tierra, estarían recogiendo el guante y sentándose a negociar el pacto forestal. El no hacerlo será un acto de inmadurez política, pero nada a lo que no estemos ya acostumbrados. Por ejemplo, solo uno de los puntos, el que remite a la movilización de tierras abandonadas para polígonos agrarios, aplicado correctamente, podría darles la vuelta a muchos municipios. ¿Cómo? Imagínese que su plan de pensiones invierte en un fondo de inversión de naturaleza agraria, o si no es su plan es un fondo. ¿Sabe cuál es la riqueza financiera de los gallegos, la cantidad económica que tenemos en activos financieros? Se acerca a los 60.000 millones de euros. Ahora haga un simple cálculo, piense que le dedicamos un 5 % de nuestro ahorro al sector forestal gallego: nos sale una cantidad de 3.000 millones de euros. Increíble. ¿Por qué no va a ocurrir? Tenemos un sector financiero capaz de crear vehículos solventes y fiables de inversión en forestal, tenemos una legislación financiera que lo permite, y aquí sabemos que los bosques, cuando están ordenados y en manos expertas, son tan rentables como un inmueble sin estar sujetos a burbujas coyunturales. ¿Qué nos falta? La tierra. Y ese acuerdo, entre otras cosas, va de eso. De permitir que la Galicia urbana sea tractora de la Galicia rural. De que seamos capaces de convertir tierras abandonadas en polígonos agrarios que a su vez puedan ser observados por el ahorrador gallego como activos financieros rentables y sostenibles.

Este acuerdo va de que, por fin, nuestro ahorro sirva para desarrollar la Galicia de nuestros abuelos y no para financiar chalets adosados en Benidorm. Por ello, ante la demanda de un Pacto Forestal tal cual como se ha planteado, me ubico en el único lugar posible, al lado del político que lo ha propuesto. Hoy, presidente Feijoo, y en materia forestal, no lo dude, estoy a su lado y espero no ser el único.

Autor Venancio Salcines Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

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