Bajar a lo cotidiano


Polígonos industriales con normas absurdas, que impiden la instalación de determinadas máquinas por superar su altura la normativa vigente». Así me hablaba hace unos días un conocido empresario gallego. ¿Y cuál es la altura que necesitaba? ¿Treinta metros? No, el equivalente a una vivienda de tres pisos. ¿Y las licencias? Aquí, otro empresario me comenta: «En mi ayuntamiento, el plazo para conseguir una para una nave industrial no baja de un año, te lo aseguro». «No me alcanza el personal», bueno, eso afirma este alcalde, o al menos es lo que le venden dentro de su casa o lo que él compra. Quiero encontrar un municipio en Galicia en el que la oficina de urbanismo esté colapsada por las demandas de inversión industrial. ¿Lo conoce usted? Yo tampoco. ¿Que contrate más personal? «No puedo, tengo la plantilla congelada». ¿Que externalice la gestión del expediente urbanístico? «Tengo dinero pero no puedo superar el techo de gasto». ¿Qué le decimos? Que lo redistribuya de otro modo, pero que no paralice el crecimiento industrial. ¿Lo hará? Lo dudo, me lo imagino más pensando que recortar sobre lo presupuestado trae enemistades, pérdidas de votos. Y lo que ha de venir, como este empleo industrial, es eso, lo que ha de venir y como nadie lo espera, mejor consolidar el voto no enojándolo. Espero equivocarme.

Y por cierto, el alcalde de este municipio no es de la Marea, que podría ser, pero no lo es. Realmente este alcalde podría ser de cualquier partido. Es de esos políticos que juegan en corto, aspira a la reelección y solo le importa el mañana. El pasado mañana queda para otros. ¿Culpa suya o de una Ley Electoral que nos ha vaciado de estadistas? ¿Cómo actuaría esta persona si tuviera limitados sus mandatos? ¿Asumiría riesgos, pensaría en largo, en dejar un legado, un recuerdo? La vida empresarial no está al margen de nuestro juego político, al contrario, vive aprisionada cuando no abducida. Pero esta Galicia kafkiana ni empieza ni termina en nuestros municipios, se extiende por todo el tejido social y político, como una niebla cerrada en la que solo sobrevive quien tiene contactos o el capital suficiente para aguantar la adversidad de carecer de ellos. Otro empresario me explica lo siguiente: «Llevo medio año para que me retiren un transformador de mi parcela industrial. Me paraliza la inversión. ¿Qué hago? Estoy impotente ante la compañía eléctrica». Imposible de entender. «Hablan de la industria 4.0 y no tengo fibra óptica en mi polígono», comenta otro. ¿Qué le decimos? Me da pudor hablar del Banco Central Europeo y los nuevos datos de inflación en Alemania cuando mis colegas de aquí, los de tierra, tienen que pelearse hasta con el aire para sobrevivir. Hay que bajar a trincheras. Aquí me gustaría ver a la Confederación de Empresarios de Galicia, rompiéndose el cobre por los suyos y no conspirando para tener una presidencia de papel.

En mi anterior artículo, afirmaba que me pondría detrás de Conde y de su futura ley, la que están elaborando, para contraatacar la competencia de Portugal. Con esa afirmación recibí todos estos comentarios y algunos más. ¿Qué quieren decir? Que de poco servirá ninguna medida legislativa si no le damos una vuelta al día a día. Que en gestión cotidiana tenemos más nubes que claros. Que cualquier alcalde, cuando no cualquier funcionario, bien por incompetencia, desinterés o ideología, es capaz de bloquearte una inversión, y a lo mejor decir inversión suena algo superfluo, pero para los miles de gallegos que hipotecamos nuestro patrimonio por nuestras empresas, por nuestro proyecto de vida, la palabra inversión suena a sagrado. Y lo que es sagrado nunca debe ser insultado.

Por Venancio Salcines Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

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