Cinco de la madrugada de un día cualquiera. Mientras la mayor parte de los gallegos sueñan con el cruasán mañanero, el albergue de peregrinos de O Cebreiro se despereza. Un «bip-bip» interrumpe el concurso de ronquidos y los lavabos se atascan. El calor y la escasez de literas públicas se combaten a fuerza de disciplina marcial. Fidel y Dolores son de los primeros en saltar de la cama. Abandonan el albergue, bastón en mano, sobre las 5.30 horas de la madrugada. Las calles ya están puestas. La mallorquina Malena lo descubrió a golpe de desgracias. El viernes pilló una insolación «por caminar a pleno sol» y el sábado incubó media pulmonía «por tener que dormir en el suelo». A las seis el albergue es un concierto de portazos, cremalleras y cucharas. De bordones caídos y comentarios solidarios. Imposible dormir hasta con tapones de cera. El 5% que lo intenta merecería un premio. Lo tendrá después de las siete, cuando el batallón previsor vaya camino de Triacastela y el albergue de O Cebreiro recupere el silencio.