LA TRIBUNA | O |
31 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.DÍAS PASADOS tuvo el autor ocasión de leer un curioso mensaje que un vecino de la Gran Vía sarriana había colocado en el parabrisas de un vehículo aparcado en dicha vía. La curiosidad me llevó a tal lectura y la verdad que resultó reconfortante. El vehículo había sido aparcado con cierta dificultad merced a la existencia de un árbol dotado de sistema de protección y el aludido no pudo resisitir que un bien público de reciente ubicación en la renovada calle sufriese la agresión por parte del indicado artilugio mecánico, e incluso dejó dato preciso para su plena identificación. Se trata de un vivo ejemplo de dos posturas radicalmente opuestas en cuanto al trato de los bienes públicos, la de quien tan solo busca una solución al concreto problema del aparcamiento y la de quien se considera agraviado por el ataque a un bien público. La realidad es que las dotaciones del denominado mobiliario urbano con que cuentan las calles de reciente reurbanización en el casco urbano no solo son agradables a la vista sino prácticas para el ciudadano y conformes a las nuevas tendencias de mejora de la calidad de vida en las urbes. De ahí que sea precisa la colaboración de todos para su conservación e incluso la puesta de manifiesto de tal necesidad a aquellos a quienes les resulta indiferente tal cuestión. Cierto es que, en ocasiones, las farolas, las papeleras, los tiestos, los mecanimos para aparcamiento de bicicletas y los bancos parecen instalarse aposta para que se conviertan en víctimas del automóvil pero los conductores debemos de acostumbrarnos a circular en ciudad con estricto respeto no solo a los demás usuarios de las calles, ya sean otros conductores o peatones, sino también a los elementos que hacen la vida más agradable. Y curioso ha resultado el affaire de dos bancos del Malecón, retirados por ciertar presiones mercantilistas y repuestos con celeridad ante la rebelión de sus usuarios.