¿Dónde dejé las llaves?

Por las consultas de neurología empiezan a aparecer pacientes preocupados por sus problemas de memoria. Saturación, estrés y falta de atención son las razones. En nuestro día a día manejamos mucha información. La buena noticia es que existen estrategias para recordar mejor: ejercicio, dieta sana y reducir los estímulos cerebrales.

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La vida moderna se desarrolla en medio de una constante sobrecarga de información. Cada vez tenemos más cosas en la cabeza: guasaps, emails, noticias, alarmas del móvil y redes sociales van pasando por delante de nuestros ojos mientras tratamos de ser los mejores padres, progresar en el trabajo y llegar a fin de mes. De ahí que neurólogos y psicólogos estén observando la aparición en sus consultas de pacientes jóvenes preocupados por los despistes del día a día. Pero, ¿qué pasa por nuestra cabeza cuando nos dejamos olvidado el móvil, las llaves o el pincho del ordenador en cualquier parte? «Al estar pendientes de tantas responsabilidades y tareas cotidianas, no empleamos nuestra concentración en las acciones básicas. Las convertimos en automáticas y dejamos de mantener la atención a la hora de desempeñarlas», explica la neuróloga del Hospital San Rafael de A Coruña, Cristina Sueiro Padín. «La atención es la puerta de entrada de los recuerdos. Si no hay atención, no hay memoria. Y las emociones son parte fundamental en el proceso de codificación de los recuerdos. Si no hay interés, dificultamos el proceso de grabación», añade la doctora Sueiro.

Despistes diarios

Vanessa Vilas Riotorto, coordinadora del Grupo de Traballo de Neuropsicoloxía del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia, pone un ejemplo para que lo entendamos mejor. «Todos recordamos muy bien el día de nacimiento de un hijo, pero no tan bien lo que hemos comido hace cuatro días». Según esta experta, los llamados despistes del día a día podrían englobarse en lo que Daniel Sachter, -catedrático en Harvard, experto en neuropsicología y autor del libro Los siete pecados de la memoria (2001)-llama el pecado de la distractibilidad. «Sucede cuando nuestra atención no está totalmente focalizada en el material a recordar», afirma Vilas Riotorto. Es lo que pasa, por ejemplo, cuando olvidamos dónde hemos dejado las llaves. «Llegas a casa pensando a dónde tienes que ir después de comer, dejas las llaves en la mesa del salón y luego no logras recordar dónde las pusiste. Pues bien, esa información no se ha perdido. Simplemente, no se ha registrado o se ha registrado con fallos: por problemas de atención. Normalmente, colocamos las llaves en cualquier sitio sin prestar atención a lo que hacemos. Por eso, el dato no llega a la memoria de manera que se pueda almacenar».

Ya nos ha quedado claro que la atención y las emociones forman parte del proceso de generación de recuerdos. Pero ¿por qué hay cada vez más pacientes en las consultas de neurología preocupados por sus despistes? En la mayoría de los casos, se debe al ritmo de vida estresante que llevamos, pero también a trastornos en el estado de ánimo, falta de motivación e interés y un exceso de responsabilidades unido a la autoexigencia de querer recordarlo todo. Dice Sueiro que, de todas formas, «tampoco debemos agobiarnos por no poder rememorar todo lo que nos gustaría. Nuestra memoria es limitada». Que se lo digan a Funes el memorioso, el personaje de Borges que lo recordaba todo. El olvido es el antídoto necesario contra los excesos de memoria. Así lo corrobora la psicóloga Vanessa Vilas: «La buena noticia es que una función de la memoria es el propio olvido. Según el filósofo francés Theodule Ribot, «el olvido, excepto en algunos casos, no es una enfermedad de la memoria, sino una condición de su salud y de su vida».

Sin atención y emoción, no hay recuerdo. Casi nadie olvida el nacimiento de un hijo, pero sí lo que comió hace cuatro días

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