La vida es sueño


Lo he expresado en la columna tantas veces, que a fuer de reiterarlo acabaré por resultar cargante: la música me encanta. Si es la que me gusta, claro. Si es la mía de siempre. Si es mi música me enciende, me fascina, me estimula, me apasiona…, me pone la endorfina a cien por hora. Cuando sus notas melodiosas atraviesan el oído y me acarician el cerebro, el total de las neuronas de mi cuerpo se entusiasma y su divino balanceo amansa por completo la tendencia vibratoria de mis nervios. Ni un amago de meneo. Un sedante sensorial en toda regla, una orden estupenda que partiendo de los sesos se transmite al mismo instante poro a poro hasta la punta de mis dedos.

Entonces empieza todo. Da gusto verlos. Parece que bailaran solos. Sumido por completo en esta sobria y deliciosa melopea, encaro el folio y, embriagado de ese enorme potencial, doy rienda suelta a la agradable sensación que llevo dentro. Inspiración le llamo a eso. Comienza a redactar mi ego alternativo letra a letra esa maravillosa historia paralela a esta otra absurda en la que duermo. Y cada párrafo me suena a sinfonía, a ilusión y fantasía de los sueños infinitos que, sin serlo, los llamamos ilusorios. No, no lo son. Son más vivos y reales que estos otros limitados que creemos que vivimos. Pero qué maravillosamente bien se siente quien los toca con sus dedos.

A la sombra de un carballo aquí en el monte yo los toco cuando escribo acompañado por mi música de siempre: la del campo y su silencio. Mi ventana, ahí en el alto, testigo a pocos metros. Tenemos suerte: en Lugo esa delicia suena cerca…, de momento

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