De libros

| RAMÓN PERNAS |

CERVANTES

23 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

AYER FUE el Día del Libro. Cada 23 de abril se conmemora el fallecimiento de Cervantes y de Shakespeare. Todos los días deberían ser día del libro. De esta manera funcionarían los antídotos contra el fanatismo y la intolerancia, seríamos más cultos e inmensamente más libres, lo que propiciaría nuestra independencia crítica y la renuncia colectiva a comulgar con las habituales ruedas de molino a las que por tradición histórica nos tienen acostumbrados. Pero corren malos tiempos para los libros, siempre vulnerables en el último de los peldaños del consumo. Si bien es cierto que ha mejorado mucho su aprecio social y que se ha convertido en un socorrido objeto de regalo, rara vez se valora su lectura, destinándolo a cubrir un hueco en el anaquel del mueble del salón que tiene dos baldas vacías. Yo pertenezco a la tribu de los letraheridos, a la secta laica de las personas que encuentran en los libros el calor necesario en los inviernos, y la brisa que refresca los estíos, son mis compañeros y mi paisaje, el manifiesto fundacional de mi manera de entender la vida. En ellos y con ellos aprendí el nombre de las estrellas que la noche cuelga en el firmamento. Son mi brújula y mi rosa de los vientos, mi sextante, el gepeese que me va guiando hacia los territorios donde habitan las palabras. En la indolencia de tardes leídas he descubierto lo que se esconde detrás del horizonte, viajado en los lomos del viento, he vivido las pasiones más intensas, los amores más volcanicos, me he enamorado de Ana Ozores y de Madame Bovary, viví mil aventuras con la Karenina y aprendí mil poemas que florecían en mi boca al recordarlos en un vuelo de ánades de cuello azul, como en un verso de Rubén. Todo está en los libros, residencia de los placeres esenciales y punto de encuentro de todas las tristezas, son proclama y epitafio, son la revolución que libera y redime y el salmerio de piedad y devocionario. Quien lee aprende a interpretar el mundo, conoce todos los lenguajes, puede descifrar los códigos secretos de la felicidad y la melancolía, y combate en óptimas circunstancias el dolor y la muerte, acaso sea porque leer en una estancia atardecida es una pequeña muerte dulce cuando arriba el sueño y el libro abierto se desliza suave hacia tus rodillas y todo el entorno está anochecido. Ayer se celebró en España el Día del Libro, que es una bella tradición catalana que se fue haciendo española. Al regalo del libro se acompaña una rosa y las Ramblas y todas las plazas de las ciudades y los pueblos del viejo principado se inundan de una sinfonía floral que tiene en los libros las partituras esenciales. Ellos dedican la jornada al único santo que no figura en el santoral: san Jordi, y la cultura es una fiesta, salen los libros a las calles y las calles son el libro abierto que nunca se ha de cerrar. Cada día en el corazón adolescente de una muchacha que lee un poema hay una reivindicación cultural con destinatario. Para ella no hay fiesta del libro a fecha fija, para ella y para mí el libro es una fiesta que vamos dilatando y celebrando todos los días de una vida. Ayer se conmemoró el fallecimiento de Cervantes y de Shakespeare y hay quien dice que también del Inca Garcilaso. Ayer, 23 de abril, festividad de san Jordi, fue el Día del Libro.