CÉSAR ANTONIO MOLINA
15 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Por la ruta del Quijote, con Claudio Magris, llegamos a media tarde a Villanueva de los Infantes, en Ciudad Real, en pleno Campo de Montiel, la antigua Jamila formada por comunidades judías. Es un bellísimo pueblo renacentista repleto de palacios, conventos, iglesias, plazas porticadas y casonas como la de Don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, con quien se topa Don Quijote en el capítulo XVIII de la segunda parte. Cervantes la describe ancha como de aldea, las armas esculpidas en piedra tosca encima de la puerta; la bodega en el patio; la cueva, en el portal; y muchas tinajas. Don Quijote las identifica como del Toboso y entra en melancolía al asociarlas a Dulcinea. Suspirando y sin mirar lo que decía, dijo estos sentidos y admirables versos: «¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,/Dulces y alegres cuando Dios quería». La casa de Don Diego era la de un caballero labrador, rico. Tenía incluso hasta seis docenas de libros. Por eso Sancho, que ha estado allí bien cuidado y alimentado, considera un día aciago el de la partida. Por las trazas de su fachada debió ser levantada en el siglo XVI. La calle Cervantes, larga y señorial, va desde la Plaza de San Juan, donde está el Convento de Santo Domingo, hasta la Plaza Mayor, donde se encuentra la Iglesia parroquial de San Andrés Apóstol. Estos dos puntos marcan el último peregrinaje vivo y póstumo de Francisco de Quevedo. En el convento, donde tenía una pequeña antesala a su celda, murió sin que luego se cumpliese su voluntad de ser trasladado a Madrid. Sus restos pasaron a la parroquia hasta que desaparecieron. A pesar de esto se buscaron y, «parece ser», que algunos se encontraron para trasladarlos, a Madrid, al fracasado Panteón de Hombres Ilustres. De allí retornaron al Ayuntamiento de Villanueva y quedaron abandonados durante décadas en un desván. Finalmente se inhumaron en la Capilla del Cristo de Jamila. ¿Son los de Quevedo? El Convento de Santo Domingo, fundado en 1526, perteneció a los dominicos y sobrevivió a la desamortización. Hoy es la Hospedería Real El Buscón de Quevedo. La estancia del escritor se conserva en el primer piso. La antesala tiene una mesa y silla de estilo castellano y una pequeña vitrina en donde hay diversas ediciones de sus libros. La iluminación tenebrosa del espacio, los falsos muebles de madera y las rojas baldosas carcomidas (quizás lo único original), dan cierta solemnidad. Cerramos las contraventanas para evitar el ruido, y a la luz de un mechero, Claudio lee (conectado a través de su teléfono móvil con su hijo Pablo en Trieste) sin apenas acento, el último soneto escrito aquí mismo por el poeta (murió en septiembre de 1645). Pende enmarcado de la pared: «Ya formidable y espantoso suena/ dentro del corazón el postrer día;/ y la última hora, negra y fría,/ se acerca, de temor y sombras llena./ Si agradable descanso, paz serena,/ la muerte en traje de dolor envía,/ señas da su desdén de cortesía;/ más tiene de caricia que de pena./ ¿Qué pretende el temor desacordado/ de la que a rescatar piadosa viene,/ espíritu en miserias anudado?/ Llegué rogada, pues mi bien previene;/ hálleme agradecido, no asustado;/ mi vida acabe y mi vivir ordene».