AGENTES LITERARIOS

La Voz

CERVANTES

CÉSAR ANTONIO MOLINA

15 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

No soy un escritor profesional. Tampoco soy un escritor aficionado. Soy un escritor furtivo. El primero vive y se recrea en esta labor; el segundo se divierte con ella; y el tercero escribe para saber inutilmente. Odio la gremialidad y todos los beneficios mutualistas que se obtienen de la misma: dinero, seguridad, satisfacciones, reconocimientos, complacencia. Por eso siempre he tenido otros trabajos. Sin embargo, en nuestro país, sólo se puede ser una cosa, pues las demás alimentan el prejuicio hacia la creación. Me horrorizan las escuelas y los talleres en donde se pretende enseñar a escribir que es, hasta ahora, el último conocimiento fugado de la enseñanza reglada. Disfruto leyendo a Rosalía o a Emily Dickinson, que eran dos amas de casa; a Pessoa, que era un oficinista; a Cervantes, que era un soldado; a San Juan o Góngora, que eran sacerdotes; a Eliot, que era un banquero; o a Valéry o Rilke, que se dedicaron a quitarle el dinero a las damas ricas; u hoy mismo a Mateo Díez, funcionario. Ese esfuerzo por sobrevivir, por sacar adelante el genio, también agudiza el ingenio. Hoy la industria editorial ha hecho del escritor un burócrata conformista. El valor de la excelencia está siendo sustituido por las ventas. Aunque Bernardo Soares exageraba, entiendo muy bien lo que quería decir cuando afirma: «Ser comprendido es prostituirse». Sin embargo, él mismo comenta algo terrible y significativo: «El éxito está en tener éxito, y no en tener condiciones para el éxito». Un éxito al que ayudan las grandes editoriales. Sabiendo de mi pensamiento, expresado públicamente otras veces, que asumo como contradictorio, pues de no ser así tampoco podría ser furtivo, recibo un par de llamadas halagadoras. Dos importantes agentes literarias, a la vista de la repercusión de mi Vivir sin ser visto, me invitan a representarme. No sé cómo agradecérselo, y al mismo tiempo cómo rechazarlo sin herirlas. Entonces les cuento lo que me pasó con su maestra, la gran Carmen Balcells. Durante la presentación en Barcelona de un libro de Néstor Luján, un editor me la presentó. Estuvo extraordinariamente amable, me abrumó con sus alabanzas y me propuso que, a partir de mi última novela, pasara a formar parte de su cuadra. Entonces me di cuenta no de su error, sino de mi impostura. No era yo, sino ese otro del que a veces recibo suculentos cheques, invitaciones y honores que tengo, además, que remitirle con mis felicitaciones. ¿Estaban seguras ellas de ser a mí a quien querían proponérselo? Jamás escribí por dinero, todo lo más por vanidad. Nunca quise ser un soldado profesional, sino un guerrillero de causas perdidas. Tampoco he admitido el pastoreo de la crítica. Soy un puente entre lo que no tengo y lo que no quiero. La nada -materia sobre la que escribo- no admite superioridad, ni inferioridad, ni comparación, ni listas de ascensos o descensos. Hasta ahora puedo permitirme el lujo de ser displicente en esto cuando en mi trabajo soy un profesional de las relaciones públicas. Mi única tragedia es, ¿por qué si escribo, no escribo mejor? ¿qué sería de mí si no lo hiciera? Escribo para distraerme del vivir, y el fracaso, a diferencia de mi maestro lisboeta, es lo único que sí tengo previsto.