i en cada artículo que escribo, les hablo de un achaque de los míos, no les quepa duda de que hay materia para un artículo por día. Este escarpado, abrupto cuerpo mío, me sorprende cada día con un lamento nuevo. Sooorpresaaa, me suelta por la mañana el mamarracho, y yo, que intento a toda costa no hacer caso, me pregunto para mis adentros qué mal fario nuevo tendrá dispuesto este energúmeno. Sueles descubrirlo normalmente al levantar el culo y dirigirte renqueante hacia el servicio. Nunca falla. Luego, mirándote en el espejo los cuatro pelos tiesos estilo Blas de Barrio Sésamo, pones cara cólico y colérico maldices: vaya birria me han vendido. Patético. Y en mi caso, para más inri, viene lo que viene luego. Todas las mañanas, cuando bajo a por La Voz ahí al quiosco, me cruzo con el míster en la acera. A paso vivo, circula sudoroso y con careto colorado resoplando. Yo le echo más o menos unos setenta largos, pero dado el brío, bien parece un pipiolo avejentado. Aquí por A Medusa gira, cruza el paso cebra y emprende, ufano y sin variar el ritmo, regreso vía Rúa Flor de Malva rumbo al centro. No sé si es cosa de mi infame vesania, pero viéndolo pasar del otro lado, interpreto que me mira de reojo y entre estruendosos resoplidos pareciera que me diga: «Chúpate esta, amigo». ¿Pero a este tipo no le duele nada? —me pregunto compungido— algún día te veré con tacatá, pedazo fatuo presumido. Por Dios, cuánto veneno destila hoy el artículo... No, no es cierto, es cosa del diablillo ese infiltrado que llevamos dentro. Ojalá sigamos viéndonos así por mucho tiempo, amigo, enhorabuena por tu tesón. Pero dime, ¿no te duele ni un tobillo?