Estación de buses

Emilio R. Pérez

LUGO

Pues miren, yo tiraba ese armatoste. No me gusta nada. Nunca me gustó. Lo expresé muy locuazmente en un artículo anterior. Quizá en mi ánimo fluctúen imágenes soeces de ese punto de infección donde campaban a sus anchas todo tipo de fulanos y fulanas de indecente condición; de ahí esa aversión. Quizá. Claro que de esas cosas el edificio en sí no tiene culpa… Pero me es igual. Nunca me gustó, insisto. Me cae mal y punto. Porque es feo. Y algo siniestro. Porque en su día me pisó el Campo da Feira y lo chafó, lo echó fuera. Jamás Lugo volvió a tener aquel lugar que de pequeño tanto me hizo disfrutar del San Froilán, o de las feiras populosas donde el paisano o la paisana regateaban de viva voz por una simple mada de berzas. O de nabizas. Donde comí precisamente m primer, inolvidable, pulpo a feira y vi la luz.

Tic, tac… El tiempo vuela rumbo a cero y a punto está de echar a andar la intermodal. Aunque no me manifesté al respecto, hablé de ello en artículos pretéritos, y como aún sigue el asunto en candelero —y por los siglos de los siglos, ya verán, ahí seguirá si no se me hace caso, acompañando a viejas glorias como el Cuartel de San Fernando—, hoy sí lo hago y me decanto: que lo tiren y nos dejen un lugar que en cierta forma nos recuerde aquel jovial Campo da Feira sin tabiques y sin techo. Un lugar donde poder de Tú a tú hablar con Dios a cielo abierto. Un lugar saneado y despejado donde un día, si es que sigo aún respirando (lo dudo), siga haciéndolo en un banco bajo la sombra de un carballo. O de un ciprés, incluso, con la brisa entre sus ramas empujando, susurrándome al oído: Vaite erguendo, amigo. Firmo.