uando bajo por ahí abajo y veo a la gente circulando de aquí para allá, los semáforos de siempre parpadeando, ordenando ese tráfico rodado que alborota la Avda de A Coruña de arriba abajo; el mercado de los martes y los viernes de ahí de Frigsa con sus géneros diversos y su ajetreo constante; y a fulanito o menganita saludándome, envejeciendo como yo; y a la gente que entra y sale de la Ousá con una pieza o dos de pan; y a los niños, acabadas ya las clases, saliendo del Cervantes a eso de las dos; y a eso de las dos cerrando aquí y allá locales, alguno de los cuales, como Emilio Iglesias, no volverán a abrir ya más.
Cuando bajo por ahí abajo y entro a tomarme mi café en la Ousá, observo todo este trajín diario a través de los cristales y lo único que veo es a un abnegado, infatigable hámster dando vueltas en su noria sin parar. Y esto suena a preocupante. Sí. Atravieso esa obligada fase transitoria entre Guatemala y Guatepeor, y todo cuanto veo lo analizo con perspectiva filosofal; un conflicto emocional interactivo entre mi ego y yo.
Viera lo que viere, se me ha pasado el mes de abril y apenas me he enterado. Será tal vez que me lo han robado, como a Sabina, o será que estoy más preocupado de ese hámster que da vueltas en su noria que del mundo real.
Sea como fuere, Lugo sigue ahí, activo a sus 2050 años, transcurriendo, viendo pasar el tiempo indiferente al tráfico, al colegio, a los comercios o a si tú hoy has pasado a tomarte tu café o no a la Ousá. En el fondo no es el tiempo sino tú quien pasa, pero lo mismo da, hayas llegado o no a Guatepeor, Julio Iglesias seguirá vigente con La vida sigue igual.