Qué gusto ver el sol. Le doy la bienvenida desde mi ventana aquí en el alto al mismo tiempo que les mando por el móvil a mis hijos la fotografía. Aquí en Madrid también, papá. Pues qué bien. Se me viene todo arriba. Hasta la pierna que sufre el bullying del ciático a diario, la izquierda, está tranquila. Les aseguro que hace meses que no me levantaba así, tan elástico, campechano y optimista. Hasta me puse los calcetines sin notar respuesta de esas vértebras lumbares que, deformes por la artrosis, hacen juegos malabares buscando nervios que estrujar. Me embarga el entusiasmo y aprovecho esta mañana -inusual, dado este invierno infame- para salir con tiempo a disfrutar de los gloriosos tibios rayos y la espléndida luminosidad. Salgo silbando, Avda. de A Coruña abajo, y en llegando a la cafetería Ousá hasta me lo pienso: ¿entrar o aprovechar ahí por fuera prolongando por el parque mi garbeo? Pues lo primero. Me atengo al reglamento y entro; a cierta edad el protocolo manda y entra en juego la rutina, el rictus animal del día a día: cuadra-prado/prado-cuadra. Ese al menos es mi caso. También se goza contemplando al paisanaje disfrutar del día desde este lado del cristal.
Garabolos. Circula el sol aún escorado sobre el barrio y las sombras de la noche se hacen cargo poco a poco del paisaje. Mañana será otro día e implacable volverá la lluvia y aplacará nuestra sonrisa... Lo que es capaz de hacer nuestro astro rey con la endorfina.
Bien. Comencé con este artículo el sábado pasado y ya ven: del sol no hay trazas y en mi organismo se acabó la calma. Solo fue un amago. Algún día escampará. No se inquieten mientras tanto, sabré llevarlo.