El otro día crucé el cauce del Miño por Ombreiro, y vi de reojo —aunque iba a veinte, soy precavido— que el volumen del caudal iba bastante completito. No hace mucho aún cubrían por allí la superficie miles de algas y ahora el agua bajaba limpia y cristalina sin oposición alguna. Eso indica que ha llovido, naturalmente, y nos recuerda que otra vez hemos entrado en ese tiempo programado para ello.
Aquí por Lugo hemos tenido un veranito en demasía sudoríparo, pues arremetieron los calores marcando récords; aún con todo lo prefiero. A mí, qué quieren que les diga, estos días de otoño e invierno mustios y melancólicos no me van; no por el hecho de que llueva demasiado, haga frío y todo eso, que también, sino por esas horas de bendita luz que se nos escatiman por razones de astronomía. Y es que a mí que se haga noche sobre las cinco y media o seis me debilita las defensas, me entran picos de ansiedad y a cada dos por tres tengo un achaque. Porque esto de la luz no les es ninguna broma. No descubro nada nuevo si les cuento que en países de matiz climático sombrío el suicidio es un asunto de primer nivel. Y es que su ubicación extrema es un problema, pues durante medio año es noche eterna. Y viceversa.
Sí, bendita primavera. No me digan que a eso de las 22.00, con el sol bajando y no cayendo, volver a casa y ver petadas las terrazas no es una auténtica gozada. Viste a Lugo de elegancia inusual. En fin, aunque el paso de los años no es que ayude demasiado, hay que asumirlo, qué remedio, esto es cíclico. Mantengamos pues el tipo, hagamos la vista gorda a la caída de la hoja y preparémonos para el invierno, que ahí nos llega… oscuro y frío.