Se me cayó otro mito más al suelo. Como en Cadena Perpetua, la película, también yo tuve expuesto el póster una buena temporada en casa junto con los de Raquel Welch, Claudia Cardinale y otras «heroínas» de mi ya no tan tierna infancia. Y llegué a adorarlas. Llegué a amarlas secretamente en la distancia hasta el momento ese en que empiezas a saber cosas, algo por ahí adentro se te enfría y la pureza queda reducida a sueño erótico vulgar y chabacano; y eso para nada es competencia espiritual del alma.
«Al mundo se le engaña fácilmente porque la gente quiere creer cosas». Es una frase que pronunció el escritor estadounidense James Ellroy aquí en España hace unos días. Autor de, entre otras obras, L.A. Confidencial y La Dalia Negra, puso a más de un mito histórico por los suelos, y llegado el turno a Marilyn Monroe, tras rebotar abruptamente dentro, mi alma rebasó también el zócalo y me he quedado en cueros. Ya no me quedan mitos que adorar y eso es un palo emocional severo. Un mito se hace mito con el tiempo y se derrumba al mismo tiempo que su imagen se hace humo en tu cerebro. Ay, Marilyn del alma, cuánto te quise, cuánto soñé contigo aquí en el alto asomado a mi ventana, cuántas veces creí levitar entre las rejas y colar mi espíritu entre tus faldas; la tentación, lo sabes, vive arriba, en la cabeza, y ante monstruos como tú, caer en ella es muy humano; tanto como la caída de mi atormentado espíritu a los infiernos tras saberte ahora ídolo con pies de barro. ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué? Te adoré aún a pesar de la distancia y me derretiste el alma. ¿No ves que ahora sin ti ya no soy nada?... Nada, Marylin, nada.