A raíz de la celebración del 80º aniversario de la liberación de Auschwitz, vuelve a circular el argumento al que suelen agarrarse los ateos por sistema para justificar su ateísmo: «Si existe Auschtwiz, no puede existir Dios». De nuevo el morbo está servido.
Bien, no va a ser el que suscribe quien bucee en este tema, porque al ser cuestión de fe, es más profundo de la cuenta. Sea como fuere, a diferencia de otros retos que el ser humano se plantea, está claro que éste sólo se resuelve con la muerte. Y ni con eso acaso; pues caso de llevarse el gato al agua los ateos, nunca mejor dicho, ni Dios se entera. Discúlpenme la licencia.
Un agnóstico te dice: no estamos capacitados para entenderlo. Un ateo: yo no creo. Un creyente convencido: creo, por supuesto. Un creyente ambiguo: miren, la vida es un vivir constante entre la espada y la pared, así es que no me queda más remedio que creer. Y un creyente práctico pone el ejemplo: Dos muchachos en un estanque. Antes de lanzarse al agua, uno de ellos se santigua. Ya los dos sobre la hierba, le pregunta el otro: ¿pero no eras tú el ateo? Sí, pero por si acaso, le contesta.
Ateo… Muy fuerte veo la apuesta, aunque me da por sospechar que más de uno va de farol porque no anda la guadaña segando cerca. Un órdago a la grande con el culo al aire. Oigan, no nos engañemos, que aquí meamos todos por el mismo sitio, hombre, que a la última esperanza todo dios se agarra. Eso creo.
Es como aquél que viaja hacia el abismo y le aseguran que el paracaídas está en camino, ¿acaso no lo espera hasta el último momento?... Salvo que se lo asegure Pedro, claro, porque como bien ustedes saben… Pedro es ateo.