El cerebro de una mosca tiene exactamente 139.255 neuronas. Ni más ni menos. A esa conclusión llegó un equipo de científicos de la Universidad de Princeton, Nueva Jersey. Cuando a alguien, por lo tanto, con argumentos sólidos le diagnostican un cerebro de mosquito -que viene a ser muy parecido al de la mosca-, le están diciendo que su cerebro alberga mil millones menos de lo debido; lo cual no implica que sea un cenutrio, sino que su cerebro es tan pequeño que, para su uso, le llega con un número tan ínfimo. Y eso también debería verlo la Universidad de Princeton.
Nuestro cerebro cuenta con algo más de mil millones de neuronas; ejército sin duda poderoso en su labor fundamental que es pensar, crear, analizar, desarrollar y toda una ristra de verbos con final en AR; aunque también pueden hacerlo en ER, como comprender, o en IR, como discurrir; pero el hecho de ser muchas no quiere decir, según mi personal criterio, una mayor inteligencia, sino al contrario: siendo tantas es más que probable que anden mal organizadas y su toma de decisiones sea un perfecto cachondeo.
Por eso yo mantengo que la frase «cerebro de mosquito» está hoy muy mal utilizada, pues se emplea mayormente con carácter peyorativo; y es injusto habiendo gente de alto rango y ocupando grandes puestos con ese tipo de cerebro. Sostengo, insisto, que el asunto no va de número o tamaño, sino de cantidad por unidad de peso. Así que no se me derrumben, que hoy en día hay más cerebros de mosquito de lo que piensan. Echen sino un vistazo por ahí afuera, analicen y olvídense de Princeton. Yo lo tengo claro, en mi ventana aquí en el alto se ve bastante nítido.