Iba a llamarle faldero al perro, pero dada la piel fina con que se viste nuestro Gobierno, mejor no se lo llamo. Era un perro blanco canijillo, de esos que circulan a mil pasos por minuto, no levantan una cuarta del nivel del suelo y a pesar de su tamaño albergan tal nivel de mala leche, que les sobresale un mogollón de dientes de la mandíbula de abajo. Exhibiendo un ácido carácter, altanero y libertino acompañaba a la señora al otro extremo de la cuerda, echaba la meada a su albedrío y le ladraba a todo aquel que le pasaba por delante con ladrido tipo Click de Playmobil chirriante. Porque sí, por si acaso o porque me da la real gana. Un encanto el cánido de marras. Como hacía una tarde espléndida, yo observaba desde un banco cómo el chucho rezumaba mala uva pregonando a todo el mundo quién mandaba en el corral. Iba a levantarme cuando vi que un Dogo negro de tamaño respetable aguardaba indiferente a que el coñazo de su amo rematara de charlar. En cuanto el chucho versión chincheta repara en su presencia, desata abiertamente hostilidades lanzando una andanada de ladridos de advertencia que en absoluto causa efecto, pues el can de recio porte, impasible el gesto, aguarda fiel a sus principios la sagrada orden del fulano. La chincheta articulada, sin embargo, sigue erre que erre en posición rampante con ladridos guturales, pues se emplea a fondo con tal brío que anda a punto de ahogarse. Y en esto que a la abuela se le suelta la correa y, previo golpe de los morros contra el suelo, sale el can a toda leche a merendarse al Dogo. O eso parece. Pero no. A cinco metros o algo así, punto pelota…, hay un frenazo súbito que apunta a una posible reflexión previa al contacto. Ladrido hostil y persistente desde distancia razonable hasta que el Dogo va y se vuelve con desgana, le remite un guau profundo de barítono ensayando y ahí se acaba la tangana. Traga saliva pulgarcito, lanza un grito, sale escopeteado y con el rabo entre las patas se refugia entre las piernas de la anciana con su típico ladrido con sonido a metralleta clueca de los de Clikcs de antaño, que ahora está prohibido que los Cliks vayan armados. Se va el paisano con el Dogo y nuestro héroe sigue activo, sacando pecho y explotando el éxito orgulloso, entendiendo que aquel pobre desgraciado se ha largado acojonado. Olisquea un par de ruedas, echa tranquilo otra meada y, desafiante la mirada, circula cual Clint Eastwood de bolsillo en plan vamos, alégrame la tarde, amigo. Desde mi ventana aquí en el alto la posdata: cabalgan, luego ladramos…, querido.