Justo hace una semana, cuando esta columna estaba ya en galeradas, me enteré del fallecimiento de Xaime. Imposible rectificar así que con cierto retraso, -el recuerdo es la presencia invisible, Víctor Hugo dixit- , quiero recordar algunos momentos particulares en los que Xaime da Pena mostró su amabilidad, su galleguismo y su solidaridad.
Recién llegado de la mili, aquella cosa horrorosa que nos hacía perder un tiempo de nuestra vida y de nuestros estudios, estaba yo buscando un piso donde alojarme en Compostela para continuar mi carrera universitaria. Xaime, conocedor de mis andanzas, me puso en contacto con un par de amigos de buscaban un tercero para completar piso. Así, me fui a la rúa Caldererías, próxima a la facultad, a convivir con un estudiante miembro de la tuna universitaria y un inglés, profesor agregado como lector en Filología y que organizaba unas fiestas inglesas en casa, deliciosas. Gracias Xaime por aquel tiempo precioso.
Pasados los años, tuve que testificar como testigo en un juicio de tráfico. La sorpresa fue que las preguntas que se me hacían, en aquel tiempo, como ahora, en que la Justicia aquí tiene al idioma gallego como algo alejado, por decirlo finamente, eran precisamente en galaico. Claro que el abogado que me las hacía era el Xaime galleguista, abogado de una de las partes. En una entrevista que le hice no hace muchos años en este diario, me recordaba la sorpresa que me había llevado al tener que responder en gallego ante los togados que tenía enfrente.
Por aquellas épocas también, hablo de los ochenta del pasado siglo, se le ocurrió editar una revista, Atlántico Express, con una marabunta de colaboradores, pintores, poetas, escritores, fotógrafos… todo lo que fuese arte y ruptura tenía cabida. Colaboré en varios números con algunas narraciones. Tuvo la coña de titular el último ejemplar, el tercero, como Atlántico ExTress. Xaime, echaremos de menos tus locuras de juventud, las nuestras. Como hombre de letras te despido: Sit tibi terra levis.