Como muchos de ustedes, me imagino, viajo por las carreteras y autovías de nuestra provincia. De hecho yo lo hago con frecuencia a Viveiro y hay que ver como se encuentran. Radares, los que quieran pero el asfaltado de las mismas es para echarse a llorar o, más bien, para ir rebotando con el coche intentando esquivar los baches que se van encontrando a lo largo de un viaje de no más que de cien quilómetros.
Hasta ahora me tomaba con calma la cosa, pero empecé a ver en este medio de comunicación y en otros, cartas al director con numerosas quejas por la situación viaria en nuestra provincia. Y me dije, ¡coño! No soy el único que voy dando votes por la carretera.
Desde que se sale de O Ceao y en encamina por la autovía A6, la circulación se convierte en un tormento: asfalto levantado, remiendos que no lo son porque a los pocos días desaparecen y así vamos, hasta que enlazamos con la A8 y volvemos a lo mismo, o sea, radares y baches por doquier y letreros luminosos de la DGT que te recomiendan que conduzcas con sentidiño. Hombre claro, con sentidiño y tratando de evitar los saltos que sufre el vehículo con esas carreteras destartaladas con baches y remiendos mientras las señales obligan a circular a un máximo de 120 quilómetros a la hora. Vaya recomendación.
Hubo un día, no muy lejano, en que una parte de la autovía estaba cortada por una chapuza de asfaltado en un par de quilómetros. La tuvieron cortada más de un mes para tal aventura, y no pasó nada. Así van las cosas así que la guardia civil que no se apure en poner controles de radar, no sirven para nada porque solo algún alocado o suicida se atreverá a superar el límite de velocidad. Como dicen los letreros electrónicos, a modiño. Y así seguimos.